lunes, 7 de septiembre de 2015

Sesenta internos intentan fugarse del CIE de Valencia




Hacia las 23.00 horas de ayer domingo más de sesenta personas intentaron fugarse del CIE de Valencia. El incidente comenzó con la agresión de un grupo internos a los dos agentes encargados en ese momento de la seguridad en el centro de internamiento. Según fuentes policiales, se hicieron con extintores y rociaron su contenido en el interior de las instalaciones. Los agentes trataron de repeler la agresión, y cuando los sesenta internos se encontraban en el patio, se produjo el intento de fuga masiva.

Según fuentes consultadas por este periódico, los detenidos se encaramaron a un árbol y trataton de huir saltando hacia el muro, aunque debido a la distancia hasta el cierre perimetral les fue imposible alcanzarlo. Al ver que no podían consumar la huida, un grupo de entre diez y quince inmigrantes subieron al tejado e iniciaron un motín que se prolongó durante un espacio de dos horas. Durante ese tiempo lanzaron ramas, piedras y otros objetos a los agentes, que trataton de controlar situacion desde abajo.

Desde que se produjo la primera agresión, los agentes solicitaron la presencia la UIT (Unidad de Intervención Policial), que acudió como refuerzo, así como los antidisturbios, que emplearon diversos medios de disuasión como pelotas de goma, para forzarles a bajar. También realizaron disparos al aire con armas de fogueo - sin balas-, ruidos que los vecinos de la zona atribuyeron en un primer momento a disparos.

Al lugar llegaron todas las unidades de Policía disponibles y también los bomberos, que iluminaron la zona y colocaron la escalera para que los antidisturbios pudieran subir hasta el tejado y bajar a los internos que se encontraban allí. El incidente se saldó sin heridos.

Ya en septiembre de 2014 unas 16 personas se fugaron del Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Zapadores a plena luz del día. En esa ocasión aprovecharon la entrada en el edificio de dos operarias de la limpieza y un policía.

Fuente: http://www.levante-emv.com/sucesos/2015/09/06/sesenta-internos-fugarse-cies-valencia/1311088.html

Ver también: "A Europa le sangran las fronteras"

domingo, 6 de septiembre de 2015

Podemos decide liderar en Aragón una lista de confluencia ciudadana con el objetivo del ‘sorpasso’

ZARAGOZA.- Podemos trabajará para presentar candidaturas de confluencia ciudadana en Aragón en las próximas elecciones generales. Su consejo autonómico acordó a última hora del sábado la propuesta de la dirección estatal para “liderar las conversaciones que puedan conducir a complementar la lista de Podemos con perfiles de la sociedad civil que sean elegidos en primarias abiertas”, según explicó su secretario general, Pablo Echenique.

Los interlocutores serán básicamente dos: Zaragoza en Común, la entidad de confluencia que gobierna el ayuntamiento de la capital, y Ahora Aragón en Común, plataforma ciudadana que lleva un tiempo trabajando para preparar las generales. “El primer actor con el que debemos hablar es Ahora en Común, por su ámbito”, señaló, aunque “todas las decisiones tendrán en cuenta a Zaragoza en Común”.

Los otros dos partidos con representación parlamentaria en Aragón situados a la izquierda del PSOE, Chunta Aragonesista (Cha) e Izquierda Unida (IU), se han mostrado partidarios de buscar fórmulas de confluencia. Los segundos apuestan abiertamente por el modelo de Ahora en Común.

 

Iniciar los contactos esta semana

La previsión del partido violeta, explicó Echenique, es “iniciar esta misma semana las conversaciones”, aunque con dos ‘líneas rojas’: una, “que no se trate de un acuerdo de cúpulas, sino de una alianza entre Podemos y espacios de unidad popular”, cuyos candidatos se integrarán en las listas de esa formación tras ser designados en “primarias abiertas a todo el mundo”; y, otra, “que la palabra Podemos aparezca en primer lugar en la papeleta”.

Este segundo requisito responde, dijo, a que su formación “es la herramienta de cambio político que la gente identifica mejor” y a que “somos un referente a nivel estatal”. “Vamos a hablar con las plataformas –matizó el líder de Podemos en Aragón-, pero eso no quiere decir que no podamos hablar con los partidos; aunque en ningún caso para formar una coalición”. “Estamos abiertos a debatir” sobre el orden de los integrantes de las listas, anotó, pero “esto no puede ser un bazar” ni incluir “regateos de la vieja política”. Las candidaturas, añadió, “deben reflejar el peso político [de quienes las forman], pero sin apriorismos”.

“En unas primarias abiertas puede presentarse todo el mundo”, aunque “es mejor que los candidatos sean percibidos como personas de consenso”, apuntó, al tiempo que aseguró que Podemos tendrá “flexibilidad” para elaborar el programa. No obstante, sugirió dos líneas sobre el aspecto programático: “no puede tener mil páginas” y “no podemos crear un programa que sea una ensalada de frutas”.

 

Por primera vez se abre la posibilidad” de derrotar al bipartidismo

Echenique se mostró convencido de que “por primera vez se abre la posibilidad” de que una candidatura de confluencia se convierta en la más votada en Aragón. “Es perfectamente posible”, dijo. “Los votos no se suman, pero se dan las condiciones”, añadió, en referencia al eventual efecto de sumar la potencia electoral de Podemos, Cha, IU, Zaragoza en Común y otras formaciones.

Aragón, con trece diputados y doce senadores, no es, ni de lejos, una comunidad cuantitativamente clave para determinar quien ocupa La Moncloa. Sin embargo, su comportamiento electoral tiene un valor simbólico: es la única en cuyas tres provincias siempre ha ganado el partido más votado en España. De hecho, los empates a tres escaños en Zaragoza entre UCD y PSOE en 1977 y entre socialistas y populares en 2004 se produjeron con más votos para el vencedor estatal en ambas ocasiones. Por otro lado, las del 24-M fueron los primeros comicios en los que los dos grandes partidos no alcanzaron, aunque solo por unas décimas, la mitad de los votos válidos.

Por otro lado, el Consejo Ciudadano autonómico de Podemos en Aragón acordó ampliar la Mesa Ciudadana –el equivalente de la ejecutiva en otras formaciones- con dos nuevos miembros “para tener mayor capacidad de acción política”, así como adecuar su estructura a la del Gobierno de Aragón para “facilitar la labor de vigilancia y marcaje” de este, según explicó el secretario general.

 

“Todavía no sabemos cuánto dinero nos han robado”

Por último, Echenique reclamó al ejecutivo autonómico que mantenga las acusaciones que tanto la comunidad como su empresa pública Plaza ejercen en los casos de presunta corrupción vinculados a la gestión de la plataforma logística de Zaragoza.

“Todavía no se sabe a ciencia cierta cuánto dinero nos han robado, pero puede ser en torno a cien millones de euros, que es lo que el actual Gobierno calcula que puede costar poner en marcha una renta básica”, dijo el secretario general de Podemos, para quien el ejecutivo de Javier Lambán “debe poner todo” para depurar las posibles responsabilidades.

“Hay que ir hasta el final” y “revisar los agujeros negros por los que se ha ido el dinero”, dijo, antes de asegurar que “Plaza es el epítome de este tipo de asuntos” y anotar, en referencia a Marcelino Iglesias, que la gestión bajo sospecha de esa empresa pública ocurrió durante el mandato de “un presidente al que se ha premiado con una jubilación dorada” como presidente autonómico.

 

Llega a juicio el primer caso de presunta corrupción de Plaza

En quince días comienza el juicio del caso Pagarés, en el que el exconsejero delegado de Plaza, Carlos Esco; el exgerente, Ricardo García Becerril; el exdirector técnico, Miguel Ángel Pérez, y el empresario y expropietario del Real Zaragoza, Agapito Iglesias, se enfrentan a peticiones de hasta 17 años de prisión como presuntos autores de un desfalco de 17 millones en la construcción de unas naves.

En unas semanas finalizará también la instrucción de la pieza principal del caso Plaza, en el que hay alrededor de 40 imputados y en el que el Juzgado de Instrucción número 1 investiga un presunto saqueo que algunos informes periciales sitúan por encima de los 80 millones de euros 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Austerexit, acabemos con el austericidio a Grecia



Antonis Ntavanellos
Consejo político de la Unidad Popular, Grecia
Olivier Besancenot
Nuevo Partido Anticapitalista, Francia
Miguel Urbán
Europarlamentario de Podemos

Estos últimos meses han sido ricos en comentarios en relación al pulso entre la Troika y el pueblo griego. Algunos economistas han puesto mucho empeño, sin escatimar esfuerzos, y a veces desgañitándose, en propagar la buena nueva, la oficial por supuesto, a los cuatro vientos en Europa. Estos abogados de los acreedores de la UE han saturado nuestras pantallas de TV con cifras para que no quede ninguna duda en cuanto a la idea de que los planes de austeridad eran la única opción viable para poner a la economía griega en el buen camino.

Al principio, con el aire apesadumbrado de quienes se ven obligados a reclamar sacrificios suplementarios a las clases populares, nos decían que estas nuevas vueltas de tuerca eran trágicamente necesarias. Una especie de mal necesario. Más tarde, fuera de quicio por nuestra tenaz falta de comprensión e, incluso, nuestra franca hostilidad, en determinados casos, llegaron hasta pretender que la gestión de los expertos está por encima del resultado de las consultas democráticas, disertando, de paso, sobre la inmadurez del pueblo griego.

Sin embargo, estas marionetas del liberalismo son los primeros en saber que en Grecia, el problema fundamental no es tanto económico como profundamente simbólico, desde el punto de vista político.

Porque si bien la aplicación estricta del programa, sobre los salarios, el empleo o las pensiones o, incluso, sobre el no-reembolso de la deuda griega, por el que Syriza fue elegido va contra el espíritu de los tiempos, todas esas medidas eran, en gran medida, asimilables por el capital europeo. Todas ellas no exigían mas que una modesta financiación si se compara con las colosales fortunas de los acreedores; y, en todo caso, pesan muy poco en relación a las ganancias obtenidas por los especuladores del sistema bancario europeo, especialmente el alemán y el francés, que han zampado intereses del 6  y del 7% a costa del déficit público griego.

A la luz de lo que ocurre en los circuitos financieros, la anulación de la deuda no plantea ningún problema para quien no haya olvidado que en enero de 2015 el BCE puso más de 1.000 millardos de euros sobre la mesa, creados expresamente para comprar las deudas públicas o privadas. Por lo tanto, nada impide anular la deuda griega; a no ser la despiadada voluntad, totalmente política, de los acreedores de condicionar su recompra a meter en cintura la orientación del gobierno griego. Que es lo que finalmente ha ocurrido con el gobierno Tsipras a pesar de la legitimidad del masivo NO que se expresó en el referéndum de julio; una legitimidad que la Unidad Popular intenta mantener viva en las próximas elecciones. Los expertos-contables del pensamiento único se han dado un malévolo placer, dirigido a nuestros bolsillos, repitiendo sin fin una mentira trillada y tortuosa según la cual la factura griega la tendrían que pagar las y los contribuyentes de otros países.

Esta voluntad de confrontar unos pueblos a otros es tan vieja como el mundo y su función es ocultar las razones reales de la lucha actual. Ahora bien, ésta se resume en una demostración política real que querría cortar de raíz las protestas contra la austeridad que se desarrollan por todas partes. Fundamentalmente, para los dirigentes de la UE se trata más de imponer una derrota política ejemplarizante que de reflexionar como gestores teledirigidos por sus calculadoras.

Del Tratado de Roma en 1957 al Acta Única de 1986, del Tratado de Maastricht de 1992 al Tratado de la Constitución Europea de 2005, la casta política y económica jamás ha estado motivada por otra cosa que no sea la voluntad de construir un amplio mercado económico con el fin de satisfacer los intereses inmediatos de algunos grupos capitalistas y financieros para de ese modo rivalizar con EE UU y, después, también con Asia. Una paciente construcción financiera ritmada, en cada ocasión, por la sempiterna promesa de refundar Europa, cambiarla y hacerla más social.

Actualmente, esta Europa se muere ante nuestros ojos, implosiona bajo el peso de las contradicciones de la crisis capitalista, una crisis de sobre-acumulación y de rentabilidad del capital agravada por las políticas de austeridad que alimentan la recesión económica.

También muere porque el barrizal económico y el marasmo social provocan el rechazo de los pueblos que constatan, cada vez con más amargura, que los derechos sociales y la democracia no tienen nada que ver con la UE. El caso griego no tiene otro objetivo que enviarnos un mensaje eminentemente político: remarcar que en esta Europa no tiene cabida ninguna alternativa a la austeridad impulsada desde un gobierno. ¡Toda alternancia electoral debe ceñirse a los límites impuestos por la austeridad, versión dura o versión blanda! Reivindicar otra cosa es correr el riesgo de ser expulsado. Hacia delante, la alternativa la define la Troika: “Memorándum” o “Grexit”.

Ante este chantaje, nosotros respondemos: “Con Grecia” y “Austerexit”. Es urgente hacer converger las resistencias sociales y políticas y a los movimientos que, en los diferentes países, luchan, día a día, para expulsar la austeridad de nuestras vidas cotidianas.

Estamos huérfanos de una  gran campaña unitaria europea a favor del “Auxterexit” que, de entrada, tiene que sumarse al aliento que proviene de las fuerzas militantes que se rebelan desde hace meses en Grecia y en el Estado español. Hay que ser conscientes de que, inexorablemente, se ha cerrado un período. A partir de este verano nada es como antes para nadie.

Sea cual sea nuestra afiliación política concreta o nuestra nacionalidad, no podemos ignorar que la más mínima medida progresista, para ser aplicada, exige inexorablemente una relación de fuerzas inmediata frente al poder de los acreedores, es decir, del capital.

Ahora sabemos, en el caso griego, hasta qué punto la pertenencia al sistema monetario del euro es contradictoria con una política a favor de la emancipación.

Para nosotros, lo fundamental es acabar con las políticas de austeridad: en el marco del euro, si la situación lo permite, o fuera de él, si la población no logra imponer sus aspiraciones. No confundimos el fin con los medios, no somos favorables a una u otra moneda; la verdadera cuestión es la de saber quién controla el sistema monetario. Que el sistema crediticio se emita en moneda nacional o europea no cambia gran cosa mientras continúe bajo la influencia de los tradicionales grupos de la especulación financiera que imponen su ley en el sistema bancario. Expropiar a los accionistas de ese sector, socializar los bancos en un monopolio público bajo el control de las y los asalariados y de los usuarios y usuarias, constituye una medida de una candente actualidad en Grecia y, también, un objetivo común de todos los pueblos de Europa. Si bien creemos necesario romper con esta Europa, con sus tratados y su sistema bancario, no renunciamos al internacionalismo.

Más que nunca, si de lo que se trata es de doblegar los diktats de la austeridad, la alianza de los pueblos constituye una necesidad. Los repliegues patrióticos y chovinistas no hacen más que alimentar a largo plazo a la extrema derecha. Para nosotros salir de la Europa del capital no significa concebir las fronteras como un paraguas contra la austeridad. Constituye un punto de partida para construir otra Europa, tan fiel a los intereses de los pueblos como la actual lo es a los intereses de los banqueros. Rechazamos tanto el reinado de la Troika como el reinado de nuestras castas nacionales.

A todos aquellos y aquellas que no quieren seguir doblegándose les proponemos discutir en común la organización de una gran conferencia europea de la resistencia social  y política en las próximas semanas y debatir el significado que podríamos darle a una campaña a favor del “Austerexit”.

Fuente:  http://blogs.publico.es/dominiopublico/14507/austerexit/


Miles de persones en el encuentro de "Ciudades en Común" en Barcelona




El encuentro municipalista 'Ciudades por el Bien Común' reúne a miles de personas en Barcelona y muestra la voluntad de articular una red para trabajar conjuntamente. El derecho a la vivienda, la acogida a los refugiados o el apoyo al derecho a la autodeterminación han sido algunos de los principales temas de un acto en el que los alcaldes y alcaldesas han defendido la soberanía de las instituciones locales.

BARCELONA.- Lleno a rebosar.  La convocatoria de los alcaldes de las 'Ciudades por el bien común' en Barcelona ha sido todo un éxito, con el centro deportivo de la antigua estación del norte, utilizado para la ocasión, hasta la bandera., con alrededor de 2.500 personas.

Con un discurso emotivo, el primer teniente de alcalde de la capital de Catalunya, Gerardo Pisarello, ha dado la bienvenida a sus colegas de Madrid, Badalona, Zaragoza, A Coruña, Santiago de Compostela, Iruña y Cádiz y se ha referido a cada uno de sus pueblos.


Manuela Carmena, Martiño Noriega, Pedro Santisteve, Dolors Sabaté, José Maria González, Kichi, Xulio Ferreiro, Joseba Asirón y Ada Colau han reivindicado la nueva forma de gobernar en muchos municipios. En el acto se ha escuchado con normalidad intervenciones en catalán, castellano, gallego e incluso algunas palabras de varios alcaldes en vasco.

Pisarello ha insistido una vez más en que los barrios de Barcelona no serían lo que son sin las personas que vinieron y vienen de fuera. En clave estatal, el edil ha subrayado que “estas son las ciudades de los pueblos que tenemos el derecho a decidir, que ya estamos decidiendo y que lo haremos a pesar de las amenazas”. El derecho a poder decidir sobre todas las cosas ha sido uno de las cuestiones importantes de un encuentro en el que también se ha puesto un énfasis importante en la acogida de los refugiados, así como en la importancia de poner las personas en el centro de las políticas de los nuevos ayuntamientos y en la colaboración entre éstos para lograr sus objetivos.​

Si Pisarello ha sido el encargado de abrir el acto público de las Ciudades por el Bien Común, Ada Colau ha sido la encargada de cerrar un encuentro que tendrá continuidad el sábado con unas jornadas de trabajo. La alcaldesa de Barcelona, que jugaba en casa y se ha llevado la mayor de las muchas ovaciones de la jornada, ha declarado que los alcaldes y alcadesas reunidos representan “candidaturas que tienen en común la defensa del bien común y son candidaturas de la gente, para que la ciudadanía sea la que mande de una vez”. Colau ha aprovechado el encuentro municipalista para atacar con dureza el gobierno estatal de Mariano Rajoy y ha afirmado que su ejecutivo “centralista y autoritario” intenta “ahogar el derecho al autogobierno de gallegos, vascos y catalanes” al mismo tiempo que intenta “cortar la soberanía de las ciudades”. “Pero le demostraremos que no lo conseguirá y que el cambio está aquí y es imparable”, ha afirmado.

 La primera edil de la capital catalana ha asegurado que el “trabajo siempre te da resultado” para reivindicar los logros conseguidos por los nuevos gobiernos locales, que en una opinión reiterada por todos los ponentes han puesto las personas en el centro de sus políticas. Colau también ha hecho un llamamiento a la necesidad de mantener permanentemente una ciudadanía movilizada y ha afirmado que “no debemos caer nunca más en el error de que podemos delegar. Ya hemos visto que esto no funcionaba”. La líder de Barcelona en Comú también se ha referido a la corrupción, para assegurar que “los ayuntamiento nunca volverán a ser mecanismos de transferencias de rentas a las constructoras del 3%, ni de pago a los lobbies”.

Para Colau, como “los Estados de Europa no han estado a la altura, aquí estamos las ciudades para tomar la alternativa”. En este sentido, la alcaldesa ha querido alabar el papel de la ciudadanía, que ha articulado redes de solidaridad en los barrios, ha paralizado desahucios y ha organizado comedores sociales. “Nuestra obligación es estar a la altura de esta ciudadanía”, ha añadido una Colau que también se ha referido a su iniciativa de articular una red de ciudades refugios para los refugiados.

La alcaldesa de Barcelona ha lamentado que se les califique como "buenistas e ingenuos", cuando reclaman medidas para atender a víctimas de tragedias como las del èxodo de refugiados" y ha lanzado una dura acusación contra quienes les descalifican: "No quieren acabar con la pobreza, quieren acabar con los pobres". “Frente a los que instalan muros y construyen vallas y concertinas, nosotros tenemos un mensaje: refugiados, sed bienvenidos. Nuestra casa es vuestra cosa si es que hay casa de alguien”, ha concluido.

Carmena defiende el derecho a la vivienda

 Manuela Carmena, que se ha declarado enamorada desde siempre de Barcelona, ha elogiado la iniciativa de su ayuntamiento de ofrecerse como ciudad de acogida internacional, inmediatamente recogida por Madrid. La alcaldesa madrileña ha reivindicado un cambio en la cultura de la función pública. "Se ha menospreciado a la administración", "a los antiguos regidores municipales no les importaba la gente", ha dicho, para asegurar a continuación que "no hay nada más hermoso que trabajar en lo público para el público".Carmena ha recogido los aplausos más sonoros cuando ha explicado lo conseguido en materia de vivienda, con la paralización de los desahucios. "El derecho a la vivienda es sagrado. El ser humano necesita vivienda", ha recordado.

Martiño Noriega, alcalde republicano de Santiago de Compostela, que ha intervenido indistintamente en lenguas catalana, gallega y castellana, ha apostado en favor de que el encuentro de este fin de semana sea "el inicio de un tiempo nuevo".

"Somos la respuesta a una situación de emergencia social", ha dicho de lo que según él ha de ser "una red de ciudades rebeldes" que ha de trabajar conjuntamente “para cambiarlo todo”. Noriega se ha llevado una fuerte ovación cuando ha saludado a los “gallegos que viven en Catalunya y ayudan a construirla día a día”.

El alcalde de Zaragoza, Pedro Santisteve, ha hablado de antiguos gestores de ayuntamientos faltos de "cultura democrática", que ahora acusan a los nuevos gobiernos municipales de no haber hecho nada en el tiempo que llevan trabajando"."Nada han pensado en 30 años y ahora pretenden que en tres meses solucionemos problemas" de infraestructuras, aguas, servicios. Según él, estos antiguos gestores “nos siguen tratando como enemigos a eliminar". Santisteve ha apostado por cumplir la legalidad, pero aquella que pase por “los derechos humanos, la justicia social y la pluralidad”.

"Hemos venido para quedarnos" (José María González, Kichi)

Seguramente la intervención más poética ha correspondido al alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, que ha articulado un discurso basado en la necesidad de hacer política desde el sur, "porque hace falta sur, porque ellos han perdido el norte". A la política, ha dicho, "le hace falta sur, porque mientras el norte construye muros y alambradas, el sur tiende puentes".

 Kichi también ha asegurado que en Cádiz “hemos puesto fin a la impunidad”, una idea compartida por sus compañeros de escenario y además ha defendido la necesidad de crear una red de ciudades “que comparta experiencias y retos, porque juntos somos imparables”. "Se necesita el faro del sur para acabar con el oscurantismo" ha añadido y ha cerrado su intervención con una elocuente frase: "Cuando la tristeza es un mandato oficial, la alegría es una hermosa forma de desobedecer".

El alcalde de A Coruña Xulio Ferreiro ha recordado que el 13 de junio, el día de constitución de los nuevos consistorios, “la plaza entró en el palacio” y ha expuesto que “nos emocionamos cada vez que cumplimos nuestra palabra, como cuando bajamos nuestros sueldos, suprimimos subvenciones públicas a las corridas de toros o ponemos una enorme bandera arcoiris en la fachada de un ayuntamiento que está orgulloso de ser rebelde”. Para Ferreiro la mayor emoción es “cuando alguien nos para en la calle para decirnos que no estamos solos, que fuera hay marea”.

Los alcaldes de Pamplona, Joseba Asirón, y Badalona, Dolors Sabater, han sido los que -junto a Colau y Pisarello- han puesto más énfasis en el derecho a decidir. Asirón ha deseado “muchísima suerte a los catalanes para el escenario ilusionante que se os acerca más allá del 27-S” y ha afirmado “que la libertad de Catalunya es la libertad de Euskal Herria y de todos los pueblos que están aquí representados”.
El alcalde de Pamplona ha recordado que su llegada al ayuntamiento supuso mirar a la plaza y poder decir “esto es vuestro” y que el cambio en su ciudad fue posible gracias al acuerdo entre cuatro formaciones distintas. “Una gran lección del cambio es del trabajo entre diferentes”, ha añadido. Asirón ha incidido en la importancia de dar continuar a sus proyectos para poder desarrollar su potencial transformador: "Hemos venido para quedarnos y para que sea un cambio profundo y duradero no nos bastan cuatro años. En cuatro años sólo vamos a rascar la pintura".

 Finalmente, Dolors Sabater ha comentado de inicio que en Badalona se ha hecho “lo que parecía imposible” que era “derrotar democráticamente al totalitarismo y a la intolerancia, al PP de Xavier García-Albiol”, momento en que el público ha estallado en gritos de “¡sí se puede!”. Sabater ha reivindicado el derecho a poderlo decidir todo, también “que relación queremos tener con el Estado, si queremos la independencia, si queremos federalismo”.

 Para la alcaldesa y líder de Guanyem Badalona en Comú “no podemos eludir el debate sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos” y ha añadido que “desde la radicalidad democrática debemos de estar convencidos que este derecho existe y hemos de trabajar para empoderar a la sociedad para que pueda opinar y decidir sabiendo de lo que está hablando”.

Sabater ha apostado por una revolución desde abajo y ha afirmado que “los cambios son posibles y los haremos posibles porque sólo depende de la voluntad”. Finalmente, la alcaldesa de la tercera ciudad más poblada de Catalunya se ha referido a los refugiados para afirmar que “el Mediterráneo nos enseña hoy la parte más cruda de la quiebra del mundo económico-políticco”. Según ella, la crisis de los refugiados “es una consecuencia de un sistema que hemos de cambiar” y ha apuntado, como Colau luego, que “mientras Europa no está respondiendo, somos las ciudades y los ciudadanos los primeros que nos ponemos a responder y empujamos para que las instituciones hagan lo que deben hacer”. Justamente, minutos antes del inicio del acto, cientos de personas se han congregado en frente del recinto deportivo para encender velas en solidaridad con los refugiados.

Fuente:  http://www.publico.es/politica/colau-europa-no-altura-ciudades.html

viernes, 4 de septiembre de 2015

Balcanes, refugiados y patatas calientes




 Miguel Urban

La guerra siria no empezó ayer. El éxodo de quienes huían de las bombas, los disparos y del Estado Islámico tampoco. Que los más de dos millones de desplazados en Líbano y Turquía no iban a quedarse allí permanentemente no era muy difícil de prever. Que Europa era su horizonte y terminaría siendo su destino resultaba obvio. Pero la Unión Europea se ha limitado durante todo este tiempo a mirar desde la barrera, como si aquello no fuese con ella. Ni siquiera sirvieron como anticipo las recurrentes noticias de la prensa de países como Bosnia, Macedonia o Serbia, o los informes de las organizaciones pro Derechos Humanos en los Balcanes, que desde esta primavera informaban del número creciente de refugiados que atravesaban sus territorios siguiendo las vías del tren en dirección a Europa central. Hasta que han llegado.

Pero para alcanzar las vallas con concertinas que el Gobierno húngaro ha colocado en sus 175 kilómetros de frontera con Serbia o para poder acampar frente a la estación central de ferrocarril de Budapest de la que hoy tanto se habla, las y los refugiados han tenido que salir de la UE por Grecia y atravesar los Balcanes. 

Ayer pude visitar en persona la primera parada de este paréntesis balcánico. En el pueblo fronterizo de Gevgelija, en Macedonia, llegan los refugiados desde Grecia andando en paralelo a las vías del tren. Hasta hace unas semanas apenas se veía a más de diez personas al día. Hoy son más de 3.000 quienes a diario pasan por el campamento improvisado junto a la estación de tren y convertido ya en el más grande de todo el país. No son más que unas cuantas tiendas de campaña montadas por ACNUR y Cruz Roja y custodiadas por la policía y el ejército, que ofrecen sombra y descanso durante las cuatro o cinco horas que los refugiados pasan en ellas. Tiempo suficiente para hacerles un breve chequeo médico y concederles un visado de refugiado que expira en 72 horas. Si en ese tiempo no han conseguido atravesar y abandonar el país, pasan a ser considerados extranjeros en situación irregular. Y para facilitar este tránsito fugaz, el propio Gobierno macedonio ha organizado una flota de autobuses y taxis, de pago, que los lleva hasta la siguiente frontera: Serbia o Kosovo por el norte; o hacia el este, atravesando Albania, Montenegro, Bosnia y Croacia. Pero en ambos casos con el mismo destino: la frontera con Hungría, para volver a acceder a la UE, un poco más cerca de su destino centro y norte europeo.

 Estos campamentos son la primera respuesta institucional después de meses en los que ha sido la sociedad civil balcánica la que ha tomado la iniciativa de acogida, auto-organizando entre vecinos de las zonas de paso las primeras tiendas, el reparto de agua y comida, la atención sanitaria básica, la asistencia legal e incluso una pequeña ludoteca para los más pequeños. Una muestra más de que sólo el pueblo salva al pueblo. Pero que el escaso y tardío despliegue institucional tome más forma de centros de tránsito rápido que de campos de refugiados tampoco es casual: ningún gobierno europeo, forme parte o no de la UE, quiere lidiar en su territorio con decenas de miles de refugiados. Hacen todo lo posible para que pasen rápido y sigan su camino, cual patata caliente de mano en mano. El Gobierno macedonio los recoge y atiende brevemente en la frontera griega y los desplaza hasta la frontera serbia, donde nuevamente cuentan los días para que abandonen su país. Hasta que la patata caliente choca con un muro o con una valla plagada de concertinas: intentar que el problema pase rápido o levantar un muro para que rebote en él. En el fondo, son dos maneras de no abordar la realidad, de desentenderse, de darle la espalda al mundo, a la humanidad, a los Derechos Humanos.

Hemos visitado la frontera serbo-húngara, el otro extremo de este periplo balcánico. La imagen se repite: ríos de personas agotadas caminando junto a las vías del tren y haciendo enormes colas para intentar atravesar una frontera cada vez más cerrada. Al otro lado, campos de tránsito rápido, fuerte presencia policial y amenazas xenófobas por parte de los paramilitares del partido neonazi Jobik, principal apoyo del partido gobernante del ministro de Asuntos Exteriores Péter Szijjártó, el mismo que ha justificado su política migratoria apoyándose en el ejemplo del Gobierno español en Ceuta y Melilla. Menuda Marca España.
Y como eurodiputado, lo que más me preocupa es que incluso ahora, con la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial llamando a las puertas de Europa, la UE parece no terminar de ser consciente de su magnitud. O peor aún, no quiere serlo: una reunión de ministros de Interior convocada con más de dos semanas de margen. Un regateo a la baja del cupo -ya de por sí raquítico- de refugiados que acoger por cada país. Unas promesas de fondos y recursos a todas luces insuficientes (un millón y medio de euros para Serbia y Macedonia). Una insoportable gestión de la crisis entre instituciones europeas y Estados miembros, siguiendo la misma lógica de pasarse la patata caliente. Demasiados contrastes con la celeridad y magnitud de las respuestas comunitarias cuando la crisis tiene apellido financiero.

Ayer mismo, en uno de los múltiples controles que tuve que pasar para poder acceder al campo de Gevgelija, un mando policial me reconoció que nadie antes de la UE había pasado antes por allí ni había ofrecido ningún tipo de apoyo institucional. Menuda Marca UE.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

En busca del impulso perdido




 Josep Maria Antentas

A pocos meses de las elecciones generales, y en vísperas de las catalanas del próximo 27 de Setiembre, las tribulaciones estratégicas recorren Podemos y las fuerzas del cambio político y social. Tras un año de sobre-exitación demoscopico-electoral, al final de la escapada parece que el bipartidismo resiste mejor de lo esperado, sacando energías de donde apenas no quedaban.

Desde hace semanas todas las encuestas reflejan una tendencia electoral a la baja para Podemos. El circulo vicioso de la lógica electoral gira implacablemente. Si se instala cada vez más la idea de que el PP volverá a ganar ello tendrá un efecto desmovilizador en cadena, y si se reconfirma la percepción que el PSOE es el voto útil contra el PP, ello acarreará consecuencias letales para Podemos. El partido de Pablo Iglesias está en un momento delicado, moviéndose en el umbral de lo que puede ser un resultado que condicione de forma decisiva la política española o de un resultado que condene a Podemos a ser una fuerza de oposición importante pero sin potencial desestabilizador. Debido al sistema electoral, una ligera variación del porcentaje supone una diferencia abismal en escaños. La que puede certificar el estallido del bipartidismo o su renqueante supervivencia a pesar de todo. De nuevo, tan lejos y tan cerca.

Estamos en un momento decisivo en el que caben dos opciones: resignarse a que las elecciones generales acaben siendo un anti-climax a modo de decepcionante desenlace provisional de la dinámica abierta tras las elecciones europeas del 25 de Mayo de 2014. O bien, mover ficha, y buscar un revulsivo. Dos debates entrecruzados sobrevuelan la zozobra del momento. ¿Como construir la “unidad popular”? ¿Y como enfrentar al poder financiero doméstico e internacional a la luz de lo acontecido en Grecia?

Unidades populares y tribulaciones estratégicas

¿Qué es la tan manida “unidad popular”? Concepto casi atrápalotodo, corre riesgo de ser fetitchizado. Ambos términos de la expresión se prestan a todas las mistificaciones imaginables. Y a todos los doctrinarismos prescriptivos concebibles. En los debates actuales, la “unidad popular” se conjuga de tres formas: la primera, como una expresión retórica de construcción autoreferencial entorno a sí mismo, pero abriendo las listas electorales a independientes, como hacen las CUP en Catalunya. La segunda, como una alianza de aparatos políticos por arriba, como pregona IU, y como se ha construido Catalunya Sí que es Pot. Ambas opciones son abrazadas por Podemos, que bascula hacia una u otra en función del contexto y el lugar. La tercera, implica la voluntad de crear un movimiento popular participativo y plural, en el que en la tensión entre lógicas de aparato y confluencia por abajo se deslice hacia la segunda, y en la que los aparatos políticos se pongan al servicio de la creación de un movimiento abierto.

En algunos casos la elaboración de listas mediante primarias democráticas ha sido la vía para movilizar la participación por abajo, aunque con una lógica competitiva, como fue en Ahora Madrid. En otros, el procedimiento de elaboración de la lista no era el pivote del proyecto, que giraba entorno a la firme orientación y vocación movimentista del equipo impulsor de la iniciativa, decidido a construir un verdadero movimiento popular-ciudadano, como fue el caso de Barcelona en Comú. No hay un modelo acabado de como proceder, ni un ejemplo generalizable a replicar. Pero sí hay experiencias que apuntan, desde su diversidad, en esta dirección. Éste es el espíritu de Barcelona en Comú, de las Mareas Atlánticas, de las propuestas del Procés Constituent.

Pero el debate de la “unidad popular” no sólo abarca los procesos para conformarla, sino sus objetivos estratégicos y su concepción de lo que es “ganar” y de como se cambia la sociedad. Ni electoralismos superficiales, ni resistencialismos sin perspectiva, la articulación dialéctica entre movilización-autoorganización-trabajo electoral e institucional es la clave. Entonces, “unidad popular” ¿para qué? Para romper con el actual orden de cosas mediante la apertura de procesos constituyentes nacionales retroalimentados pero no subordinados y la aplicación de un plan anti-austeridad. “Procesos constituyentes” y “plan contra la austeridad” son conceptos elásticos que pueden interpretarse de formas diversas, pero en su conjunto designan un horizonte de ruptura formulado con voluntad de agregación de mayorías políticas y que parte de la necesidades reales y no de proclamas abstractas. Para conjurar las decepciones del mañana, sin embargo, cada vez se va haciendo más necesario, profundizar en las clarificaciones estratégicas y en la precisión de las tareas y de los objetivos programáticos (que en ningún modo pueden ser leídos como meras sugerencias de cumplimiento optativo como desafortunadamente señaló la alcaldesa de Madrid Carmena) de los gobiernos “populares”.

El rasgado espejo helénico

Las posibilidades de una ruptura con las políticas de austeridad en el Estado español se reflejan estos días en el espejo griego. Un espejo en las que brillan una imágenes del cambio menos nítidas e impolutas de lo deseado. La situación griega desincha las ilusiones de cambio fácil y placentero y desmonta el esquema simplista y linial construido tras la eclosión de Podemos de: voto=victoria electoral rápida=cambio de políticas. El camino es bastante más pedregoso. Y lo que está por venir.

Hay, sin embargo, dos lecturas posibles sobre la rendición de Tsipras. La primera: no se pueden cambiar las cosas. La segunda: no valen las medias tintas. Una conduce a la parálisis y al desánimo, la otra fuerza a sacar conclusiones estratégicas imponderables. La crisis de Syriza ha marcado la primera gran diferenciación interna del movimiento contra la austeridad desde el estallido de la crisis. El fiasco Tsipras pone encima de la mesa las inconsistencias de los enfoques neoreformistas que buscan cuadrar un círculo imposible. No se puede vencer a los hooligans de la austeridad sin despeinarse. Hay momentos en que es necesario escoger. Si no, la realidad, o sea la Troika y el poder financiero, escoge por ti. ¡Imposible acabar con el bulldozer de la austeridad sin ir a por todas y buscando ingenuamente el acuerdo con los mismos que la imponen!

Detrás de la lógica de Tsipras y de quienes la apoyan desde las filas de la izquierda europea está la apelación al mal menor y a la responsabilidad. No es posible la ruptura. Ella conduce al abismo. No hay cambio estructural posible. Finales de partida, pues. En realidad, ésta es la más irresponsable de todas las estrategias. No hay nada más imprudente que levantar expectativas y no satisfacerlas por cobardía y timidez, nada más insensato que esperar concesiones de la Troika si ésta no hace frente a una amenaza de ruptura real. Para conseguir reformas hay que jugar a la ruptura. Lo ha sido siempre a lo largo de la historia, y más en los tiempos que corren. No tener un Plan B equivale en realidad a no tener un Plan A.

La situación no admite medias tintas ni soluciones epidérmicas. La radicalidad, en el sentido de ir a la raíz de los problemas, se antoja hoy ineludible. El desafío de “intentar ser tan radical como la realidad misma”, retomando la conocida expresión de Lenin, aparece ahora con una fuerza inusitada. Sin embargo, estamos en un contexto complejo y contradictorio. La repolitización contemporánea llega tras décadas de despolitización. El reinicio de la auto-organización aún no puede compensar la descomposición histórica de los instrumentos políticos y sindicales tradicionales. El gran malestar social va de la par a un bajo nivel de conciencia política, y la radicalización social está aún confinada a un horizonte capitalista-consumista. Las expectativas de cambios reales se ven mermadas por décadas de retrocesos y por la ausencia de referencias alternativas concretas, y la efervescencia social va paralela a bajos niveles de organización estable y a una debilidad general de la izquierda. Todo ello favorece la cristalización de alternativas políticas portadoras de proyectos de cambio superficial y de estrategias inconsistentes cuando llega el momento de la verdad. De ahí se derivan los impasses actuales.

Por ello el apoyo a Tsipras por parte de la dirección de Podemos es un error estratégico revelador de un tacticismo cortoplacista sin salida. Si el primer ministro griego gana las elecciones, ello puede trasmitir la impresión ficticia que Podemos está con los ganadores. Pero no nos engañemos. La posible victoria de Tsipras este 20 de setiembre poco tendrá que ver con la del pasado 25 de enero. Es ya la de un Tsipras sin otro proyecto que implementar la política de la Troika (secundada por el poder financiero y económico griego). En realidad, respaldar a Syriza ahora es una huida hacia adelante que asocia a Podemos a un proyecto fallido y capitulador, que sólo ahondará los atolladeros estratégicos ibéricos. Es difícil vender ilusión y esperanza en el Estado español avalando a quien la ha enterrado en Grecia. Y no lo es menos criticar los recortes de Rajoy o Mas y justificar los de Tsipras.

Ante este escenario, no se trata ni de adaptarse a las claudicaciones que instalan un ‘no se puede’ sin fin como horizonte estratégico y vital, ni de contentarse con resistencialismos autoproclamatorios estériles. Es la ahora de pelear por la mayoría, de ofrecer un camino alternativo al no future de la austeridad grunge. Ello implica articular radicalidad y espíritu de confluencia, voluntad de ruptura y disposición a ensuciarse y a gestionar contradicciones. Sólo los sectarios confunden radicalidad con aislamiento, caínismo, y diferenciación programática permanente. Sólo los que tienen miedo a afrontar seriamente la aventura de un cambio de modelo confunden voluntad de mayoría, de unidad y de confluencia con la adaptación política a los angostos márgenes de lo posible.

Cambiar el ritmo

La realidad se ha reflejado más compleja, tortuosa y material, y menos esquemática, lineal, comunicativa y discursiva de lo teorizado por la dirección de Podemos. La lucha política es más enrevesada de lo que concibe la hipótesis populista, tanto en su variante laclauiana estricta como en sus acepciones más genéricas. La agregación de mayorías populares es menos evolutiva de lo pensado y el combate político es más amplio que su dimensión comunicativa. La estrategia electoral por sí sola se queda coja si no se inserta en la construcción de un movimiento popular real y arraigado, y la política de partido sin política de movimiento se queda rápido sin combustible.

La dirección de podemos vio la los límites de la fórmula Podemos el pasado 24M, cuando sus resultados quedaron debajo del PSOE y por debajo de las candidaturas municipales de confluencia. La propuesta de presentarse a las generales ampliando la lista de Podemos a otros colectivos con el esquema “Podemos-XXX” y buscando alianzas con ICV en Catalunya, Compromís en el País Valencià, el MES en Baleares y las Mareas en Galicia es, sin embargo, una solución demasiado parcial a un problema más de fondo. Es una fórmula muy tímida para solucionar un problema muy profundo: la imposibilidad de Podemos de ganar las elecciones generales.

Es necesario una sacudida de más hondo calado. Un cambio de ritmo que altere la tendencia la baja. No es hora de avanzar con piloto automático, ni de actuar como un lento motor diesel, sino como un explosivo coche de rallies. Ahora toca demostrar reflejos rápidos. Todas las organizaciones envejecen y más en la época de lo instantáneo y lo espurio, de la sociedad fast-food. Su proceso de nacimiento, consolidación, y estructuración no es rectilinio ni constante, e implica saber navegar en aguas turbulentas y a contracorriente y más en un momento de crisis en las que “el tiempo está fuera de sus casillas” recordando a Hamlet. Pensarse que uno va viento en popa “a la Kautsky” (pero en versión acelerada y a cámara rápida) es el mayor de los errores estratégicos. El mayor de los aventurismos. Es, pues, la hora de los revulsivos, de actuar como verdadera “caja de velocidades” en expresión de Daniel Bensaïd. De sacar nuevos jugadores en el terreno de juego, y de cambiar el esquema y el ritmo del partido. Y ello pasa por asumir la vía de la “unidad popular” y de la confluencia por abajo en la estela de los éxitos municipales del pasado 24M, y no de los acuerdos aparateros ni de las auto-proclamaciones afirmativas.

Pensar estratégicamente hoy requiere una mentalidad abierta para comprender situaciones tan diferentes y en apariencia contradictorias como la esperanza que representa Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, renacida inopinadamente del corazón del vetusto partido laborista; como la necesaria ruptura de Syriza y el apoyo de la Unidad Popular griega; o como la lucha por confluencias y unidades populares participativas y por abajo en el Estado español. Tras todos estos procesos diversos, que se concretan en formas dispares (¡y disparatadas!), hay sin embargo que trabar una bien firme voluntad de ruptura con un orden económico y político insoportable que exige tanta innovación estratégica como firmeza de principios e incorruptibilidad de voluntades.

 Josep Maria Antentas es profesor de sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) @jmantentas

martes, 1 de septiembre de 2015

Syriza y los dilemas de la izquierda alternativa

 
Acto de la Red Roja griega hace unos días


Albert Recio Andreu

En los meses pasados muchos de nosotros hemos vivido en una especie de montaña rusa emocional. La victoria de Syriza en las elecciones griegas abrió muchas expectativas de que por fin alguien hacía frente a las políticas de austeridad que han dominado las políticas europeas de tratamiento de la crisis. La victoria de coaliciones de izquierdas en las grandes ciudades españolas reforzó aún más la sensación de estar ante un cambio de ciclo. El resultado del referéndum griego elevó más todavía nuestras ilusiones. Y precisamente cuando estábamos en la cúspide del optimismo, el gobierno de Tsipras cambió completamente de tercio, prescindió del mediático ministro Varoufakis y se acabó plegando a las imposiciones de la troika. Syriza se ha roto y ahora la derecha blande el ejemplo griego como una muestra más del fracaso de las opciones de izquierda. La verdad es que he leído bastante sobre lo que ocurrió en los días decisivos, pero me siguen faltando datos que expliquen el proceso que llevó a convocar un referéndum que era un verdadero órdago, para luego rectificar automáticamente sin dar la consiguiente batalla. Intuyo que, además de que existiera una corriente conservadora en el seno de Syriza, hubo presiones de diverso tipo que nadie quiere explicar. Pero sea cual sea el proceso que tuvo lugar, lo que resulta evidente es que se saldó con un fracaso total: se va a aplicar una tercera y más radical versión de la política de austeridad (en el plano económico, Grecia parece más un viejo protectorado que una nación independiente) y se ha quebrado una organización política que aparecía como un referente a tener en cuenta para gran parte de la izquierda del Sur de Europa. Esta situación es bastante más que un mero episodio, y si para algo debe servir es para reflexionar sobre las dificultades y las opciones que pueden adoptarse en la actual situación.

II
Hay, de entrada, una cuestión que afecta a toda la política de izquierda y que es también observable en nuestros lares. Una cuestión que está presente en toda la tradición de izquierdas, la tensión entre estructura y acción política. Una tensión que atraviesa toda la trágica historia de la izquierda radical entre lo que realmente puede cambiarse y lo que tratamos de hacer en nuestras acciones políticas. La vieja presunción del estalinismo de que podía existir un método científico que pudiera determinar en cada momento cuál era la política adecuada se mostró totalmente fallida. Aun así, no es difícil encontrar entre mucha gente de izquierdas esta tendencia a pensar que se tiene el conocimiento claro de qué hacer en cada momento. Mucho de lo escrito en días recientes sobre Grecia obedece a este tipo de literatura. La contradicción real queda, sin embargo, sin resolver.

Por una parte está el peso de la estructura. No sólo de la económica, del sistema de poderes que caracteriza a la economía de cada país, del papel de los poderes supranacionales, de las limitaciones de recursos. La estructura es también el conjunto de instituciones y procesos sociales que organizan la vida de la gente no sólo en el plano económico, sino en el conjunto de su vida social. Una estructura que influye sobre los comportamientos cotidianos, las aspiraciones, las respuestas sociales. Ninguna estructura es completamente cerrada ni estática, pero en el corto plazo hay muchas cosas difíciles de cambiar, puesto que toda estructura (o sistema) tiende a tener mecanismos de reproducción y perpetuación. La estructura tiende a reforzar la continuidad, a reprimir los intentos de transformación. Conduce a un mantenimiento del statu quo.
Por otra parte, la política se sitúa en el plano de la acción. Del cambio. Exige una cierta dosis de voluntarismo, de riesgo a la hora de tratar de cambiar las estructuras, de promover transformaciones. En gran medida, lo que pretende la acción política es dinamitar o transformar las estructuras, cambiar sus lógicas. En general, los momentos de movilización política entusiástica están dominados por esta situación de voluntarismo, de pensar que “sí se puede” que conducen a menudo a infravalorar las resistencias que emanan de la estructura. A pensar que los cambios dependen sólo de quién esté en el poder. Y esto a menudo provoca que en las fases de ascenso se pierda de vista cómo habrá que actuar cuando la estructura despliegue todas sus armas para limitar y esterilizar las reformas y cambios que se quieren impulsar.
En un sistema político democrático, esta tendencia a sobrevalorar la propia capacidad de acción se refuerza por el simple hecho de que se trata de convencer a los votantes de que una nueva fuerza política demostrará que se pueden hacer cosas distintas o de distinto modo; en suma, que es la voluntad política la que determina fundamentalmente la dinámica social.

Creo que entre los errores de Syriza hubo claramente esta sobrevaloración de la propia capacidad de acción; de que se contaba con argumentos suficientemente sólidos para forzar un cambio en las actitudes de los interlocutores y no se percibió el grado de consolidación de la política ordoliberal ni se entendió el juego de fuerzas que la iban a reforzar (muchos de los dignatarios de países en problemas, como en el caso de España, se sumaron alegremente a las exigencias del bloque dominante no sólo por su apego al programa de austeridad, sino también por el temor a ser barridos en sus países por fuerzas de izquierda de orientación parecida a la de Syriza).

El problema con el voluntarismo es que, cuando se encuentra con sus límites, acaba por provocar dos tipos de respuestas igualmente perversas. La primera, la que parece haber adoptado la facción dominante de Syriza, es la adaptación acrítica al nuevo entorno. No sólo se trata del miedo a la pérdida del poder, sino también de la confianza en que las cosas se pueden hacer mejor que si se encarga de ellas la derecha. Es una vía que casi siempre conduce a la sumisión, a renunciar a proyectos alternativos excepto en aquellos campos que no resultan centrales para el poder dominante. La segunda, la que pueden adoptar las corrientes disidentes, es la de reafirmarse en principios abstractos, en propuestas tan generales que son incapaces de generar movimientos reales de cambio; que sirven para movilizar a la base de convencidos, pero que resultan insuficientes para cambiar la situación. En suma, que las alternativas más posibles se encuentran entre la cooptación y la marginación.

III
La táctica de Syriza hasta llegar al desastre final se sustentó en gran parte en la ignorancia del poder y en la confianza en que la buena razón democrática y la evidencia de un claro apoyo popular serían suficientes para cambiar las políticas de la Unión. No son los únicos en partir de este planteamiento ingenuo; basta escuchar el discurso de Manuela Carmena o incluso el ingenuo planteamiento de gran parte del independentismo catalán para observar que este radicalismo naïf está bastante arraigado. Una pérdida de visión que tiene, a mi entender, dos fallos graves. En primer lugar, no entender que los poderosos suelen persistir en sus proyectos mientras cuentan con una correlación de fuerzas favorable. Da igual que el actual proyecto de construcción europea tenga fallos estructurales sistemáticos o que llevar a cabo una guerra en Iraq sea una auténtica locura. El proyecto tira adelante mientras convenga a la fuerza dominante y no se tenga que enfrentar a costes que la hagan desistir. La única forma de parar un proyecto es generar dinámicas que cambien la correlación de fuerzas y generen costes que obliguen a replantear la iniciativa. La cuestión es que en el estadio actual esto requiere una acumulación de fuerzas que está fuera de la capacidad de un solo gobierno en un pequeño país. En segundo lugar, la representación del poder actual como una élite reducida, aislada del resto de la sociedad, es totalmente errónea. El sistema de poder actual se sostiene sobre una amplia red de intereses, instituciones y prácticas sociales que le conceden una enorme densidad. En el terreno económico, por ejemplo, están tanto los poderosos grupos económicos, con sus redes de asesores, voceros y lobbies organizados, como una academia económica que en gran parte participa de la ideología de estas élites y las nutre de instrumental técnico para sus operaciones. Cualquier economista, pongamos Varoufakis, que plantee una alternativa molesta va a sufrir un ataque feroz en todos los campos (en una pequeña discusión en mi universidad, el argumento más habitual fue que había negociado mal; nadie entró a considerar el fondo de la cuestión). Romper esta hegemonía requiere un proceso social más intenso y sostenido en el tiempo que un mero proceso electoral; requiere una movilización social en muchos ámbitos y un nivel de sacrificio social que hoy nadie ha planteado en serio.

IV
La cuestión del sacrificio del coste social es seguramente la peor tratada en todo el proceso. Sin duda las políticas de austeridad que ha impuesto la Unión Europea a Grecia, y a otros países, tienen unos costes sociales insoportables para mucha gente. Pero cualquier alternativa a los mismos tiene que afrontar, al menos a corto plazo, costes sociales como mínimo parecidos.

La situación actual de Grecia es desesperada por lo que respecta a las alternativas no sólo por la deuda. El problema del país es el de una economía que requiere, para subsistir con los actuales niveles de vida, un flujo constante de importaciones debido a que su aparato productivo es insuficiente para producir lo que consumen la población griega y los turistas que constituyen su principal fuente de ingresos. Como ocurre en otros países, es una situación a la que se ha llegado tras un largo proceso en el que han intervenido fuerzas tanto externas —las políticas de integración europea en primer lugar— como internas, las opciones que han ido adoptando las élites económicas; al igual que las flaquezas del sector público griego tienen que ver con procesos internos y externos. La opción del Grexit no resuelve ninguno de estos problemas a corto plazo. Salir del euro y pasar a un nuevo dracma no elimina la deuda ni resuelve los problemas del comercio exterior. La deuda en euros, o en dólares, seguirá en manos de los mismos acreedores, y cómo se resuelva el problema dependerá de la negociación con ellos. Lo que altera la nueva moneda es el tipo de cambio exterior: se abaratan las exportaciones y se encarecen las importaciones. En una economía con una base productiva más sólida, el “shock” puede ser positivo porque reanima la actividad interior y frena el endeudamiento externo. Pero esto parece dudoso en el caso de Grecia, con una estructura productiva tan débil. El carácter básico de muchas de las importaciones puede permitir nuevos estrangulamientos por parte de los acreedores. Lo que, en cambio, sí que se gana con la salida del euro es mayor autonomía en la política económica, por ejemplo la posibilidad de fijar controles a los movimientos de capitales. Pero a corto plazo es indudable que la población va a pasar estreches que, a diferencia de lo que prometen las propuestas europeas, se producen en un marco de incertidumbre totalmente nuevo, sin el apoyo de las grandes instituciones económicas. La única forma de llevarlo a cabo es con un elevado apoyo popular, también necesario para impulsar reformas radicales en otros campos —empezando por el sistema fiscal y la modernización de la administración pública—, y ello requiere una preparación política y cultural que nunca se produjo. Salir del euro, romper con la Unión Europea, era una odisea que no se había planteado con seriedad, como tampoco se había diseñado una estrategia política, económica y cultural para llevarlo a cabo.
Para una gran parte de la población del Sur de Europa, formar parte de Europa es estar en un club de primera división. La expulsión es vista como un acercamiento al resto del mundo, ese que todas las mañanas llama a la puerta para tratar de huir de modelos sociales que resultan insoportables para vivir en ellos. También esto influye. La visión crítica respecto a Europa no ha llegado, en sociedades como la griega o la española, a una situación en que la mayoría de la población esté dispuesta a correr la aventura y los costes que conlleva, a pesar de que hasta el momento la permanencia en la Unión Europea no para de deparar desastres sociales y humillaciones varias.

Tengo claro que el modelo actual de Unión es indeseable, insensato e imperialista. Que hay que acabar con el modelo ordoliberal impuesto por las élites alemanas y sus aliados. Pero me parece que los defensores a la brava de la salida del euro a veces mantienen un dogmatismo tan simplista como el de sus oponentes. Ignoran los elevados costes de la transición, la enorme variedad de procesos en los que hay que intervenir para pasar de economías disfuncionales a modelos económicos viables —cambios en las estructuras productivas, en el funcionamiento del sector público, en la forma de regular las actividades...—, y con ello ni ayudan a crear una conciencia sobre la inevitabilidad de los costes que hay que pagar ni plantean una propuesta creíble de economía alternativa. El problema no es sólo la moneda única, es todo el tejido institucional en la que ésta se incardina. Un tejido más denso y complejo que el simple manejo de la política monetaria.

V
El drama para la izquierda actual es que cuarenta años de hegemonía neoliberal han desarticulado las estructuras productivas locales y han consolidado unos marcos institucionales que crean enormes dificultades para desarrollar políticas económicas diferentes. El vaciamiento intelectual producido en los centros de formación y reflexión económica forma parte de este mismo proceso de “reapoderamiento” capitalista tras la derrota de lo que pretendían ser proyectos emancipadores o los simples intentos de crear un capitalismo domesticado. A corto plazo, cualquier acceso al poder político por parte de la izquierda estará sometido a las mismas tensiones y dilemas que muestra la corta experiencia del primer gobierno Tsipras. En todo caso, lo que varía, y no es un tema menor, es el grado de debilidad en que se mueve cada situación concreta, y es obvio que el caso griego presenta una situación bastante límite.

¿Qué puede y debería hacer una fuerza política y social de izquierda en este contexto? En primer lugar, considerar con realismo cuál es la verdadera correlación de fuerzas en la que se debe mover y cuáles son las consecuencias previsibles de las acciones que puede emprender. No para adecuarse miméticamente al entorno, sino para comprender el tipo de problemas a los que se enfrenta, entender los puntos nodales donde puede intervenir y poder explicárselo a su base social. Creo que en todo esto Syriza ha cometido errores de bulto, aunque nadie está libre de errar. En segundo lugar, hay que evitar que las condiciones locales se deterioren en aspectos que puedan cambiar la correlación de fuerzas. Por ejemplo, evitar procesos de endeudamiento que acaben pasando factura o el deterioro de estructuras productivas locales. Para ello hay que saber intervenir en todos los espacios de acción en los que existe un cierto nivel de autonomía. En tercer lugar, y esto es posiblemente lo más difícil, hay que articular procesos políticos en los que no se produzca una ruptura entre el realismo de lo posible y el cambio radical. La verdad es que hasta ahora no se ha tenido mucho éxito en este campo. Hay muchas razones que abonan al fracaso, desde las diferentes dinámicas en las que entran los políticos que asumen tareas de gestión respecto a los activistas de base (o los meros intelectuales), hasta el hecho de que detrás de las posiciones siempre hay también sectores que pugnan por imponer su hegemonía organizativa. Todo conspira para que los debates acaben siendo en blanco y negro. Por esto es tan esencial desarrollar procesos políticos en que florezcan prácticas transformadoras en un contexto de políticas no controlables y, al mismo tiempo, que la acción de esta política cotidiana no coarte la búsqueda de estrategias de largo alcance. En cuarto lugar, no puede promoverse una adecuada respuesta social si a la población no se le explican los costes de las diferentes alternativas y se la hace responsable en la asunción de los sacrificios, esfuerzos y limitaciones que cada opción supone. Ni parece sensato defender un ecologismo de la abundancia ni una salida del euro (o una independencia nacional) a coste cero. A corto plazo, las promesas de la lotería enganchan a mucha gente. Pero difícilmente acaban por promover una base social dispuesta a pasar a la acción y a asumir responsabilidades.

Y, en quinto lugar, pensar los canales estratégicos, las dinámicas internacionales, los procesos sociales que pueden ayudar a un cambio en la correlación de fuerzas. Un cambio que inevitablemente se trabaja en clave local o nacional, pero que a todas luces exige una estrategia internacional. El neoliberalismo no va a ser derrotado en “un solo país”. El ordocapitalismo exige una respuesta que sólo puede tener éxito si en muchas partes proliferan procesos que debiliten su hegemonía. La cuestión de la dimensión internacional, cosmopolita, es hoy aún más urgente de lo que lo fue en los albores del movimiento obrero moderno.

VI
Las derrotas, como las victorias, nunca son irreversibles; depende de cómo se responde a ellas. Cuando menos Tsipras ha tenido la decencia de convocar nuevas elecciones en un marco posiblemente más difícil electoralmente que el que le dio la victoria en marzo. Es lo mínimo que se puede exigir a un político que acaba aplicando un proyecto contrario al que prometió aplicar. También es cierto que ha reconocido que el acuerdo impuesto por la UE es malo. Pero queda por ver cómo se manejará en un nuevo contexto en el que, indefectiblemente, él y los suyos serán los que aplicarán estas políticas y lo harán sometidos a las críticas de sus ex compañeros. Una situación perfecta para que todo vaya a peor. Syriza y Unidad Popular podrían prestar un buen apoyo a la izquierda del resto de Europa si, a pesar de la ruptura, fueran capaces de desarrollar dinámicas de cambio y experiencias en diversas direcciones: en la de tratar de minimizar los impactos negativos de las antisociales políticas europeas y en la de elaborar un proyecto más maduro que superara el voluntarismo y la improvisación de este primer intento. Porque lo que parece evidente es que de este tercer rescate no pueden derivarse efectos muy diferentes de los de los dos anteriores. Y porque en un plazo más o menos largo volverán a plantearse los dilemas que ahora han podido sortear, recurriendo a la amenaza y a la fuerza, unos dirigentes que siguen empecinados en imponer políticas neoliberales a toda Europa. Quizá en esta coyuntura hayamos tenido tiempo de articular una izquierda con más músculo y cabeza. Para conseguirlo necesitamos mirar a la cara a los problemas, entender su complejidad y no tomar atajos que son un callejón sin salida.

29/8/2015

http://www.mientrastanto.org/boletin-138/notas/syriza-y-los-dilemas-de-la-izquierda-alternativa