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sábado, 5 de septiembre de 2015

Austerexit, acabemos con el austericidio a Grecia



Antonis Ntavanellos
Consejo político de la Unidad Popular, Grecia
Olivier Besancenot
Nuevo Partido Anticapitalista, Francia
Miguel Urbán
Europarlamentario de Podemos

Estos últimos meses han sido ricos en comentarios en relación al pulso entre la Troika y el pueblo griego. Algunos economistas han puesto mucho empeño, sin escatimar esfuerzos, y a veces desgañitándose, en propagar la buena nueva, la oficial por supuesto, a los cuatro vientos en Europa. Estos abogados de los acreedores de la UE han saturado nuestras pantallas de TV con cifras para que no quede ninguna duda en cuanto a la idea de que los planes de austeridad eran la única opción viable para poner a la economía griega en el buen camino.

Al principio, con el aire apesadumbrado de quienes se ven obligados a reclamar sacrificios suplementarios a las clases populares, nos decían que estas nuevas vueltas de tuerca eran trágicamente necesarias. Una especie de mal necesario. Más tarde, fuera de quicio por nuestra tenaz falta de comprensión e, incluso, nuestra franca hostilidad, en determinados casos, llegaron hasta pretender que la gestión de los expertos está por encima del resultado de las consultas democráticas, disertando, de paso, sobre la inmadurez del pueblo griego.

Sin embargo, estas marionetas del liberalismo son los primeros en saber que en Grecia, el problema fundamental no es tanto económico como profundamente simbólico, desde el punto de vista político.

Porque si bien la aplicación estricta del programa, sobre los salarios, el empleo o las pensiones o, incluso, sobre el no-reembolso de la deuda griega, por el que Syriza fue elegido va contra el espíritu de los tiempos, todas esas medidas eran, en gran medida, asimilables por el capital europeo. Todas ellas no exigían mas que una modesta financiación si se compara con las colosales fortunas de los acreedores; y, en todo caso, pesan muy poco en relación a las ganancias obtenidas por los especuladores del sistema bancario europeo, especialmente el alemán y el francés, que han zampado intereses del 6  y del 7% a costa del déficit público griego.

A la luz de lo que ocurre en los circuitos financieros, la anulación de la deuda no plantea ningún problema para quien no haya olvidado que en enero de 2015 el BCE puso más de 1.000 millardos de euros sobre la mesa, creados expresamente para comprar las deudas públicas o privadas. Por lo tanto, nada impide anular la deuda griega; a no ser la despiadada voluntad, totalmente política, de los acreedores de condicionar su recompra a meter en cintura la orientación del gobierno griego. Que es lo que finalmente ha ocurrido con el gobierno Tsipras a pesar de la legitimidad del masivo NO que se expresó en el referéndum de julio; una legitimidad que la Unidad Popular intenta mantener viva en las próximas elecciones. Los expertos-contables del pensamiento único se han dado un malévolo placer, dirigido a nuestros bolsillos, repitiendo sin fin una mentira trillada y tortuosa según la cual la factura griega la tendrían que pagar las y los contribuyentes de otros países.

Esta voluntad de confrontar unos pueblos a otros es tan vieja como el mundo y su función es ocultar las razones reales de la lucha actual. Ahora bien, ésta se resume en una demostración política real que querría cortar de raíz las protestas contra la austeridad que se desarrollan por todas partes. Fundamentalmente, para los dirigentes de la UE se trata más de imponer una derrota política ejemplarizante que de reflexionar como gestores teledirigidos por sus calculadoras.

Del Tratado de Roma en 1957 al Acta Única de 1986, del Tratado de Maastricht de 1992 al Tratado de la Constitución Europea de 2005, la casta política y económica jamás ha estado motivada por otra cosa que no sea la voluntad de construir un amplio mercado económico con el fin de satisfacer los intereses inmediatos de algunos grupos capitalistas y financieros para de ese modo rivalizar con EE UU y, después, también con Asia. Una paciente construcción financiera ritmada, en cada ocasión, por la sempiterna promesa de refundar Europa, cambiarla y hacerla más social.

Actualmente, esta Europa se muere ante nuestros ojos, implosiona bajo el peso de las contradicciones de la crisis capitalista, una crisis de sobre-acumulación y de rentabilidad del capital agravada por las políticas de austeridad que alimentan la recesión económica.

También muere porque el barrizal económico y el marasmo social provocan el rechazo de los pueblos que constatan, cada vez con más amargura, que los derechos sociales y la democracia no tienen nada que ver con la UE. El caso griego no tiene otro objetivo que enviarnos un mensaje eminentemente político: remarcar que en esta Europa no tiene cabida ninguna alternativa a la austeridad impulsada desde un gobierno. ¡Toda alternancia electoral debe ceñirse a los límites impuestos por la austeridad, versión dura o versión blanda! Reivindicar otra cosa es correr el riesgo de ser expulsado. Hacia delante, la alternativa la define la Troika: “Memorándum” o “Grexit”.

Ante este chantaje, nosotros respondemos: “Con Grecia” y “Austerexit”. Es urgente hacer converger las resistencias sociales y políticas y a los movimientos que, en los diferentes países, luchan, día a día, para expulsar la austeridad de nuestras vidas cotidianas.

Estamos huérfanos de una  gran campaña unitaria europea a favor del “Auxterexit” que, de entrada, tiene que sumarse al aliento que proviene de las fuerzas militantes que se rebelan desde hace meses en Grecia y en el Estado español. Hay que ser conscientes de que, inexorablemente, se ha cerrado un período. A partir de este verano nada es como antes para nadie.

Sea cual sea nuestra afiliación política concreta o nuestra nacionalidad, no podemos ignorar que la más mínima medida progresista, para ser aplicada, exige inexorablemente una relación de fuerzas inmediata frente al poder de los acreedores, es decir, del capital.

Ahora sabemos, en el caso griego, hasta qué punto la pertenencia al sistema monetario del euro es contradictoria con una política a favor de la emancipación.

Para nosotros, lo fundamental es acabar con las políticas de austeridad: en el marco del euro, si la situación lo permite, o fuera de él, si la población no logra imponer sus aspiraciones. No confundimos el fin con los medios, no somos favorables a una u otra moneda; la verdadera cuestión es la de saber quién controla el sistema monetario. Que el sistema crediticio se emita en moneda nacional o europea no cambia gran cosa mientras continúe bajo la influencia de los tradicionales grupos de la especulación financiera que imponen su ley en el sistema bancario. Expropiar a los accionistas de ese sector, socializar los bancos en un monopolio público bajo el control de las y los asalariados y de los usuarios y usuarias, constituye una medida de una candente actualidad en Grecia y, también, un objetivo común de todos los pueblos de Europa. Si bien creemos necesario romper con esta Europa, con sus tratados y su sistema bancario, no renunciamos al internacionalismo.

Más que nunca, si de lo que se trata es de doblegar los diktats de la austeridad, la alianza de los pueblos constituye una necesidad. Los repliegues patrióticos y chovinistas no hacen más que alimentar a largo plazo a la extrema derecha. Para nosotros salir de la Europa del capital no significa concebir las fronteras como un paraguas contra la austeridad. Constituye un punto de partida para construir otra Europa, tan fiel a los intereses de los pueblos como la actual lo es a los intereses de los banqueros. Rechazamos tanto el reinado de la Troika como el reinado de nuestras castas nacionales.

A todos aquellos y aquellas que no quieren seguir doblegándose les proponemos discutir en común la organización de una gran conferencia europea de la resistencia social  y política en las próximas semanas y debatir el significado que podríamos darle a una campaña a favor del “Austerexit”.

Fuente:  http://blogs.publico.es/dominiopublico/14507/austerexit/


martes, 1 de septiembre de 2015

Syriza y los dilemas de la izquierda alternativa

 
Acto de la Red Roja griega hace unos días


Albert Recio Andreu

En los meses pasados muchos de nosotros hemos vivido en una especie de montaña rusa emocional. La victoria de Syriza en las elecciones griegas abrió muchas expectativas de que por fin alguien hacía frente a las políticas de austeridad que han dominado las políticas europeas de tratamiento de la crisis. La victoria de coaliciones de izquierdas en las grandes ciudades españolas reforzó aún más la sensación de estar ante un cambio de ciclo. El resultado del referéndum griego elevó más todavía nuestras ilusiones. Y precisamente cuando estábamos en la cúspide del optimismo, el gobierno de Tsipras cambió completamente de tercio, prescindió del mediático ministro Varoufakis y se acabó plegando a las imposiciones de la troika. Syriza se ha roto y ahora la derecha blande el ejemplo griego como una muestra más del fracaso de las opciones de izquierda. La verdad es que he leído bastante sobre lo que ocurrió en los días decisivos, pero me siguen faltando datos que expliquen el proceso que llevó a convocar un referéndum que era un verdadero órdago, para luego rectificar automáticamente sin dar la consiguiente batalla. Intuyo que, además de que existiera una corriente conservadora en el seno de Syriza, hubo presiones de diverso tipo que nadie quiere explicar. Pero sea cual sea el proceso que tuvo lugar, lo que resulta evidente es que se saldó con un fracaso total: se va a aplicar una tercera y más radical versión de la política de austeridad (en el plano económico, Grecia parece más un viejo protectorado que una nación independiente) y se ha quebrado una organización política que aparecía como un referente a tener en cuenta para gran parte de la izquierda del Sur de Europa. Esta situación es bastante más que un mero episodio, y si para algo debe servir es para reflexionar sobre las dificultades y las opciones que pueden adoptarse en la actual situación.

II
Hay, de entrada, una cuestión que afecta a toda la política de izquierda y que es también observable en nuestros lares. Una cuestión que está presente en toda la tradición de izquierdas, la tensión entre estructura y acción política. Una tensión que atraviesa toda la trágica historia de la izquierda radical entre lo que realmente puede cambiarse y lo que tratamos de hacer en nuestras acciones políticas. La vieja presunción del estalinismo de que podía existir un método científico que pudiera determinar en cada momento cuál era la política adecuada se mostró totalmente fallida. Aun así, no es difícil encontrar entre mucha gente de izquierdas esta tendencia a pensar que se tiene el conocimiento claro de qué hacer en cada momento. Mucho de lo escrito en días recientes sobre Grecia obedece a este tipo de literatura. La contradicción real queda, sin embargo, sin resolver.

Por una parte está el peso de la estructura. No sólo de la económica, del sistema de poderes que caracteriza a la economía de cada país, del papel de los poderes supranacionales, de las limitaciones de recursos. La estructura es también el conjunto de instituciones y procesos sociales que organizan la vida de la gente no sólo en el plano económico, sino en el conjunto de su vida social. Una estructura que influye sobre los comportamientos cotidianos, las aspiraciones, las respuestas sociales. Ninguna estructura es completamente cerrada ni estática, pero en el corto plazo hay muchas cosas difíciles de cambiar, puesto que toda estructura (o sistema) tiende a tener mecanismos de reproducción y perpetuación. La estructura tiende a reforzar la continuidad, a reprimir los intentos de transformación. Conduce a un mantenimiento del statu quo.
Por otra parte, la política se sitúa en el plano de la acción. Del cambio. Exige una cierta dosis de voluntarismo, de riesgo a la hora de tratar de cambiar las estructuras, de promover transformaciones. En gran medida, lo que pretende la acción política es dinamitar o transformar las estructuras, cambiar sus lógicas. En general, los momentos de movilización política entusiástica están dominados por esta situación de voluntarismo, de pensar que “sí se puede” que conducen a menudo a infravalorar las resistencias que emanan de la estructura. A pensar que los cambios dependen sólo de quién esté en el poder. Y esto a menudo provoca que en las fases de ascenso se pierda de vista cómo habrá que actuar cuando la estructura despliegue todas sus armas para limitar y esterilizar las reformas y cambios que se quieren impulsar.
En un sistema político democrático, esta tendencia a sobrevalorar la propia capacidad de acción se refuerza por el simple hecho de que se trata de convencer a los votantes de que una nueva fuerza política demostrará que se pueden hacer cosas distintas o de distinto modo; en suma, que es la voluntad política la que determina fundamentalmente la dinámica social.

Creo que entre los errores de Syriza hubo claramente esta sobrevaloración de la propia capacidad de acción; de que se contaba con argumentos suficientemente sólidos para forzar un cambio en las actitudes de los interlocutores y no se percibió el grado de consolidación de la política ordoliberal ni se entendió el juego de fuerzas que la iban a reforzar (muchos de los dignatarios de países en problemas, como en el caso de España, se sumaron alegremente a las exigencias del bloque dominante no sólo por su apego al programa de austeridad, sino también por el temor a ser barridos en sus países por fuerzas de izquierda de orientación parecida a la de Syriza).

El problema con el voluntarismo es que, cuando se encuentra con sus límites, acaba por provocar dos tipos de respuestas igualmente perversas. La primera, la que parece haber adoptado la facción dominante de Syriza, es la adaptación acrítica al nuevo entorno. No sólo se trata del miedo a la pérdida del poder, sino también de la confianza en que las cosas se pueden hacer mejor que si se encarga de ellas la derecha. Es una vía que casi siempre conduce a la sumisión, a renunciar a proyectos alternativos excepto en aquellos campos que no resultan centrales para el poder dominante. La segunda, la que pueden adoptar las corrientes disidentes, es la de reafirmarse en principios abstractos, en propuestas tan generales que son incapaces de generar movimientos reales de cambio; que sirven para movilizar a la base de convencidos, pero que resultan insuficientes para cambiar la situación. En suma, que las alternativas más posibles se encuentran entre la cooptación y la marginación.

III
La táctica de Syriza hasta llegar al desastre final se sustentó en gran parte en la ignorancia del poder y en la confianza en que la buena razón democrática y la evidencia de un claro apoyo popular serían suficientes para cambiar las políticas de la Unión. No son los únicos en partir de este planteamiento ingenuo; basta escuchar el discurso de Manuela Carmena o incluso el ingenuo planteamiento de gran parte del independentismo catalán para observar que este radicalismo naïf está bastante arraigado. Una pérdida de visión que tiene, a mi entender, dos fallos graves. En primer lugar, no entender que los poderosos suelen persistir en sus proyectos mientras cuentan con una correlación de fuerzas favorable. Da igual que el actual proyecto de construcción europea tenga fallos estructurales sistemáticos o que llevar a cabo una guerra en Iraq sea una auténtica locura. El proyecto tira adelante mientras convenga a la fuerza dominante y no se tenga que enfrentar a costes que la hagan desistir. La única forma de parar un proyecto es generar dinámicas que cambien la correlación de fuerzas y generen costes que obliguen a replantear la iniciativa. La cuestión es que en el estadio actual esto requiere una acumulación de fuerzas que está fuera de la capacidad de un solo gobierno en un pequeño país. En segundo lugar, la representación del poder actual como una élite reducida, aislada del resto de la sociedad, es totalmente errónea. El sistema de poder actual se sostiene sobre una amplia red de intereses, instituciones y prácticas sociales que le conceden una enorme densidad. En el terreno económico, por ejemplo, están tanto los poderosos grupos económicos, con sus redes de asesores, voceros y lobbies organizados, como una academia económica que en gran parte participa de la ideología de estas élites y las nutre de instrumental técnico para sus operaciones. Cualquier economista, pongamos Varoufakis, que plantee una alternativa molesta va a sufrir un ataque feroz en todos los campos (en una pequeña discusión en mi universidad, el argumento más habitual fue que había negociado mal; nadie entró a considerar el fondo de la cuestión). Romper esta hegemonía requiere un proceso social más intenso y sostenido en el tiempo que un mero proceso electoral; requiere una movilización social en muchos ámbitos y un nivel de sacrificio social que hoy nadie ha planteado en serio.

IV
La cuestión del sacrificio del coste social es seguramente la peor tratada en todo el proceso. Sin duda las políticas de austeridad que ha impuesto la Unión Europea a Grecia, y a otros países, tienen unos costes sociales insoportables para mucha gente. Pero cualquier alternativa a los mismos tiene que afrontar, al menos a corto plazo, costes sociales como mínimo parecidos.

La situación actual de Grecia es desesperada por lo que respecta a las alternativas no sólo por la deuda. El problema del país es el de una economía que requiere, para subsistir con los actuales niveles de vida, un flujo constante de importaciones debido a que su aparato productivo es insuficiente para producir lo que consumen la población griega y los turistas que constituyen su principal fuente de ingresos. Como ocurre en otros países, es una situación a la que se ha llegado tras un largo proceso en el que han intervenido fuerzas tanto externas —las políticas de integración europea en primer lugar— como internas, las opciones que han ido adoptando las élites económicas; al igual que las flaquezas del sector público griego tienen que ver con procesos internos y externos. La opción del Grexit no resuelve ninguno de estos problemas a corto plazo. Salir del euro y pasar a un nuevo dracma no elimina la deuda ni resuelve los problemas del comercio exterior. La deuda en euros, o en dólares, seguirá en manos de los mismos acreedores, y cómo se resuelva el problema dependerá de la negociación con ellos. Lo que altera la nueva moneda es el tipo de cambio exterior: se abaratan las exportaciones y se encarecen las importaciones. En una economía con una base productiva más sólida, el “shock” puede ser positivo porque reanima la actividad interior y frena el endeudamiento externo. Pero esto parece dudoso en el caso de Grecia, con una estructura productiva tan débil. El carácter básico de muchas de las importaciones puede permitir nuevos estrangulamientos por parte de los acreedores. Lo que, en cambio, sí que se gana con la salida del euro es mayor autonomía en la política económica, por ejemplo la posibilidad de fijar controles a los movimientos de capitales. Pero a corto plazo es indudable que la población va a pasar estreches que, a diferencia de lo que prometen las propuestas europeas, se producen en un marco de incertidumbre totalmente nuevo, sin el apoyo de las grandes instituciones económicas. La única forma de llevarlo a cabo es con un elevado apoyo popular, también necesario para impulsar reformas radicales en otros campos —empezando por el sistema fiscal y la modernización de la administración pública—, y ello requiere una preparación política y cultural que nunca se produjo. Salir del euro, romper con la Unión Europea, era una odisea que no se había planteado con seriedad, como tampoco se había diseñado una estrategia política, económica y cultural para llevarlo a cabo.
Para una gran parte de la población del Sur de Europa, formar parte de Europa es estar en un club de primera división. La expulsión es vista como un acercamiento al resto del mundo, ese que todas las mañanas llama a la puerta para tratar de huir de modelos sociales que resultan insoportables para vivir en ellos. También esto influye. La visión crítica respecto a Europa no ha llegado, en sociedades como la griega o la española, a una situación en que la mayoría de la población esté dispuesta a correr la aventura y los costes que conlleva, a pesar de que hasta el momento la permanencia en la Unión Europea no para de deparar desastres sociales y humillaciones varias.

Tengo claro que el modelo actual de Unión es indeseable, insensato e imperialista. Que hay que acabar con el modelo ordoliberal impuesto por las élites alemanas y sus aliados. Pero me parece que los defensores a la brava de la salida del euro a veces mantienen un dogmatismo tan simplista como el de sus oponentes. Ignoran los elevados costes de la transición, la enorme variedad de procesos en los que hay que intervenir para pasar de economías disfuncionales a modelos económicos viables —cambios en las estructuras productivas, en el funcionamiento del sector público, en la forma de regular las actividades...—, y con ello ni ayudan a crear una conciencia sobre la inevitabilidad de los costes que hay que pagar ni plantean una propuesta creíble de economía alternativa. El problema no es sólo la moneda única, es todo el tejido institucional en la que ésta se incardina. Un tejido más denso y complejo que el simple manejo de la política monetaria.

V
El drama para la izquierda actual es que cuarenta años de hegemonía neoliberal han desarticulado las estructuras productivas locales y han consolidado unos marcos institucionales que crean enormes dificultades para desarrollar políticas económicas diferentes. El vaciamiento intelectual producido en los centros de formación y reflexión económica forma parte de este mismo proceso de “reapoderamiento” capitalista tras la derrota de lo que pretendían ser proyectos emancipadores o los simples intentos de crear un capitalismo domesticado. A corto plazo, cualquier acceso al poder político por parte de la izquierda estará sometido a las mismas tensiones y dilemas que muestra la corta experiencia del primer gobierno Tsipras. En todo caso, lo que varía, y no es un tema menor, es el grado de debilidad en que se mueve cada situación concreta, y es obvio que el caso griego presenta una situación bastante límite.

¿Qué puede y debería hacer una fuerza política y social de izquierda en este contexto? En primer lugar, considerar con realismo cuál es la verdadera correlación de fuerzas en la que se debe mover y cuáles son las consecuencias previsibles de las acciones que puede emprender. No para adecuarse miméticamente al entorno, sino para comprender el tipo de problemas a los que se enfrenta, entender los puntos nodales donde puede intervenir y poder explicárselo a su base social. Creo que en todo esto Syriza ha cometido errores de bulto, aunque nadie está libre de errar. En segundo lugar, hay que evitar que las condiciones locales se deterioren en aspectos que puedan cambiar la correlación de fuerzas. Por ejemplo, evitar procesos de endeudamiento que acaben pasando factura o el deterioro de estructuras productivas locales. Para ello hay que saber intervenir en todos los espacios de acción en los que existe un cierto nivel de autonomía. En tercer lugar, y esto es posiblemente lo más difícil, hay que articular procesos políticos en los que no se produzca una ruptura entre el realismo de lo posible y el cambio radical. La verdad es que hasta ahora no se ha tenido mucho éxito en este campo. Hay muchas razones que abonan al fracaso, desde las diferentes dinámicas en las que entran los políticos que asumen tareas de gestión respecto a los activistas de base (o los meros intelectuales), hasta el hecho de que detrás de las posiciones siempre hay también sectores que pugnan por imponer su hegemonía organizativa. Todo conspira para que los debates acaben siendo en blanco y negro. Por esto es tan esencial desarrollar procesos políticos en que florezcan prácticas transformadoras en un contexto de políticas no controlables y, al mismo tiempo, que la acción de esta política cotidiana no coarte la búsqueda de estrategias de largo alcance. En cuarto lugar, no puede promoverse una adecuada respuesta social si a la población no se le explican los costes de las diferentes alternativas y se la hace responsable en la asunción de los sacrificios, esfuerzos y limitaciones que cada opción supone. Ni parece sensato defender un ecologismo de la abundancia ni una salida del euro (o una independencia nacional) a coste cero. A corto plazo, las promesas de la lotería enganchan a mucha gente. Pero difícilmente acaban por promover una base social dispuesta a pasar a la acción y a asumir responsabilidades.

Y, en quinto lugar, pensar los canales estratégicos, las dinámicas internacionales, los procesos sociales que pueden ayudar a un cambio en la correlación de fuerzas. Un cambio que inevitablemente se trabaja en clave local o nacional, pero que a todas luces exige una estrategia internacional. El neoliberalismo no va a ser derrotado en “un solo país”. El ordocapitalismo exige una respuesta que sólo puede tener éxito si en muchas partes proliferan procesos que debiliten su hegemonía. La cuestión de la dimensión internacional, cosmopolita, es hoy aún más urgente de lo que lo fue en los albores del movimiento obrero moderno.

VI
Las derrotas, como las victorias, nunca son irreversibles; depende de cómo se responde a ellas. Cuando menos Tsipras ha tenido la decencia de convocar nuevas elecciones en un marco posiblemente más difícil electoralmente que el que le dio la victoria en marzo. Es lo mínimo que se puede exigir a un político que acaba aplicando un proyecto contrario al que prometió aplicar. También es cierto que ha reconocido que el acuerdo impuesto por la UE es malo. Pero queda por ver cómo se manejará en un nuevo contexto en el que, indefectiblemente, él y los suyos serán los que aplicarán estas políticas y lo harán sometidos a las críticas de sus ex compañeros. Una situación perfecta para que todo vaya a peor. Syriza y Unidad Popular podrían prestar un buen apoyo a la izquierda del resto de Europa si, a pesar de la ruptura, fueran capaces de desarrollar dinámicas de cambio y experiencias en diversas direcciones: en la de tratar de minimizar los impactos negativos de las antisociales políticas europeas y en la de elaborar un proyecto más maduro que superara el voluntarismo y la improvisación de este primer intento. Porque lo que parece evidente es que de este tercer rescate no pueden derivarse efectos muy diferentes de los de los dos anteriores. Y porque en un plazo más o menos largo volverán a plantearse los dilemas que ahora han podido sortear, recurriendo a la amenaza y a la fuerza, unos dirigentes que siguen empecinados en imponer políticas neoliberales a toda Europa. Quizá en esta coyuntura hayamos tenido tiempo de articular una izquierda con más músculo y cabeza. Para conseguirlo necesitamos mirar a la cara a los problemas, entender su complejidad y no tomar atajos que son un callejón sin salida.

29/8/2015

http://www.mientrastanto.org/boletin-138/notas/syriza-y-los-dilemas-de-la-izquierda-alternativa

lunes, 31 de agosto de 2015

Después del 4 de agosto griego: Los internacionalistas de Zimmerwald y sus enseñanzas actuales.


Jesús Jaén

El 5 de septiembre de 1915, en la pequeña localidad de Zimmerwald, iba a producirse un acontecimiento político, que dos años mas tarde, adquiriría una relevancia histórica. Los hechos los podemos relatar de la siguiente manera.

Un año antes, el 4 de agosto de 1914, se había producido otro gran acontecimiento histórico. La socialdemocracia alemana había votado los créditos de guerra en el Parlamento alemán. Fue un hecho que conmovió terriblemente los cimientos de la Internacional socialista. El mismo Lenin no se creía lo que leía a través del diario Worwärts, esa mañana de verano en Suiza, donde estaba exiliado. No daba crédito a una noticia que le parecía inverosímil. ¿Cómo, se preguntaba, han podido caer tan bajo los dirigentes del partido socialdemócrata alemán? ¿Cómo es posible que tras años y años de debates y caracterizaciones sobre el imperialismo, cuando llegan los momentos más decisivos, se capitule de esta manera? No era para menos:

“El 31 de julio de 1914, la oficina socialista internacional lanzaba su llamammiento contra la guerra, y Jean Jaurés caía bajo los disparos de Raoul Villain. El 1 agosto, el gobierno alemán declaraba la guerra a Rusia y proclamaba el Estado de emergencia. El 2 de agosto, el ejecutivo del partido socialdemócrata alemán, se reunía para definir la actitud de los parlamentarios del Reichtag sobre la cuestión de los créditos reclamados por el canciller Bethmann-Hollweg” (La revolución en Alemania, Pierre Broué, editorial a. Redondo).

En la votación del grupo parlamentario, ganan los partidarios del sí por 74 votos contra 14, aunque finalmente votaron todos unánimemente ante las amenazas por parte del la dirección y del propio Estado (incluido Karl Liebneck que poco después haría autocrítica y sería la voz más potente de la revolución).
Estos hechos hicieron que Lenin planteara las siguientes reflexiones:

“La II Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo. ¡Abajo el oportunismo y viva la III Internacional, liberada de los renegados y también de los oportunistas” …...” La II Internacional realizó un trabajo útil de organización de las masas proletarias, durante un largo período pacífico de la peor esclavitud capitalista en el último tercio del siglo XIX y comienzos del XX....” (Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, Cuadernos de Pasado y Presente).

De esta forma se empezaba a abrir una brecha insuperable entre los partidarios de apoyar a los gobiernos que habían desencadenado la guerra y los que se opusieron a ella, aunque en ambas posiciones conviviesen distintas interpretaciones, propuestas y matices tácticos. La inmensa mayoría de los partidos y militantes de la II Internacional cayeron en el nacional chauvinismo; entre ellos figuras históricas como Kautsky. Sin embargo otras como Rosa Luxemburgo, Karl Liebneck, Trotsky, Martov, Rosmer, Rakovski, Franz Mehring, Clara Zetkin y todos los cuadros del bolchevismo ruso, entre muchas más personalidades, se opusieron fervientemente llegando incluso a costarles la vida como fue el caso de Rosa y Karl en 1919.

Así llegamos a comienzos de septiembre de 1915 donde se celebrará una conferencia o encuentro de delegados de partidos que se opousieron a la guerra. Según cuenta Mathias Rakosi en su “Noticia Histórica”:

“A iniciativa de los socialistas italianos fueron invitadas todas las organizaciones obreras que permanecieron fieles al principio de la lucha de clases y de la solidaridad internacional. Estaban presentes delegados de Alemania, Francia, Italia, los Balcanes, Suecia, Noruega, Polonia, Rusia, Holanda y Suiza. Todas las tendencias representadas, desde los pacifistas reformistas hasta los marxistas revolucionarios” (Los cuatro primeros congresos...")
Jean Jacques Marie cuenta en su biografía de Trotsky ( “Trotsky revolucionario sin fronteras", editorial Fondo de Cultura”):

“El 5 de septiembre Grimm lleva a los delegados a la aldea de Zimmerwald, en medio de los terrenos de pastoreo, a 10 km por encima de Berna. Los cuatro carros enganchados bastan, bromean los delegados, para transportar a todos los internacionalistas cincuenta años después de la fundación de la I Internacional, con el fin de reanudar, según palabras de Trotsky, el hilo de la historia que se había roto una vez más” (pag 110).

Los trabajos de la Zimmerwald no son sencillos; muy al contrario, se trata de una reunión heterogénea, donde el ala más de izquierdas, lo representan los rusos encabezados por Lenin que son denominados la “izquierda de Zimmerwald”, proponen una resolución que no es aceptada y que, entre otras cosas, decía:

“Rechazo a los créditos de guerra, dimisión de los ministros socialistas de los gobiernos burgueses, desenmascaramiento del carácter imperialista de la guerra en la tribuna parlamentaria, en las columnas de prensa legal y, si es preciso, ilegal, organización de manifestaciones contra los gobiernos, propaganda en las trincheras en favor de la solidaridad internacional, protección de las huelgas económicas tratando de transformarlas en huelgas políticas, guerra civil y no en paz social” (Citado por Alfred Rosmer, Le mouvement ouvrier pendant le guerre”).

Las delegaciones italiana, francesa y alemana rechazan la radicalidad de la izquierda y proponen que se redacte un texto de consenso que, finalmente, será aceptado unánimemente por todos los presentes y de cuya redacción se encargará León Trotsky.

Según escribe Jean Jacques Marie:

“Luego denuncia las responsabilidades de los dirigentes socialistas, y de la Unión Sagrada, pero no ataca al centro socialista, hostil al conflicto pero también a la movilización de la población contra el gobierno, dirigido por Jean Longuet en Francia y Karl Kautsky en Alemania. Centrado en la lucha por la paz sin anexiones ni indemnizaciones de guerra, el texto es vago en lo concerniente a la acción y no menciona la creación de una nueva Internacional que la mayoría de los presentes no quieren. Lenin juzga timorata e inconsecuente la declaración pero la firma, pues ve en ella un paso adelante, que permitirá, tal vez, dar otro más”.

El día 8 de septiembre de 1915 acaba la conferencia de Zimmerwald con los resultados indicados. Su importancia histórica vino determinada porque fue la primera piedra que se puso para que, unos años después, en marzo de 1919 se fundara la III Internacional. Ésta, por supuesto, no hubiera sido posible sin el triunfo de la revolución rusa en octubre de 1917, confirmando en la práctica, las tesis que le partido bolchevique había defendido desde aquél 4 de agosto de 1914.

Pero ¿tiene algún interés político hablar y recordar unos hechos que sucedieron -justamente ahora- cien años?

A mi modo de entender sí. Creo que, salvando las distancias y tratando de no trasladar mecánicamente los hechos ni su dinámica, podíamos llevar la comparación de ese 4 de agosto de 1914 en el parlamento alemán, con lo que ocurrió recientemente en Grecia. Creo que no fui el primero en hacer esta comparación histórica: la leí en una de las declaraciones de los dirigentes de la Plataforma de Izquierdas de Syriza.

El estupor con que nos enteramos de la capitulación de Tsipras aceptando el tercer rescate que le impusieron las instituciones internacionales (más conocidas como Troika) solo es comparable -volvemos a insistir, salvando las distancias y las comparaciones- al impacto que produjo la claudicación de la socialdemocracia alemana entre los internacionalistas de principios de siglo XX. Cuenta J.J. Marie que, además de la primera reacción de incredulidad de Lenin, también Trotsky, mostró tal estupor que, según dice en su autobiografía, fue uno de los golpes más duros de su vida . La presunta irracionalidad con la que se presentó -en un caso- el giro de la socialdemocracia después de años de debates, se asemeja en parte, con el giro copernicano de Tsipras que, tras ganar unas elecciones y obtener un 61% de votos en el referéndum, decide firmar el rescate, fraccionar a su propio partido y convocar elecciones anticipadas.

Pero tras los golpes morales, es necesario rehacerse. Y, ese fue el sentido de la conferencia de Zimmerwald.; y, ahora, en el caso de Grecia, deberíamos hacer lo mismo.

Tsipras ha decepcionado no solo a la población griega que confió en él, sino además, a miles y miles de trabajadores de toda Europa. Ha mandado un mensaje de impotencia y sumisión a los grandes poderes económicos y políticos de la UE y de todo el mundo. Ha dejado claro que no se puede ofrecer otra alternativa y que no queda otra opción que resignarse ante los que mandan a través de sus políticas neoliberales. Ha quebrado el frente anti-austeridad que objetiva y subjetivamente se había venido configurando en los últimos años, tanto en el rechazo a los planes económicos de la UE, como a sus instrumentos políticos. El golpe de Tsipras es tan fuerte porque es como si el sistema hubiera cooptado a la cabeza visible de la lucha (otra cosa será su destino una vez que sea usado hasta donde les sea útil).

Sin embargo, igual que hubo alternativas hace cien años, en medio del encarnizamiento de una guerra mundial, ¿cómo no las va a ver ahora? A lo largo de las últimas semanas hemos podido comprobar que un sector importante de la izquierda, tanto en los planos intelectuales como en los propios partidos, ha reaccionado a la decisión de Tsipras. Desde economistas como Eric Toussaint, pasando por uno de los grandes intelectuales de la época como Perry Anderson han declarado que están en contra de la decisión de Tsipras. También en Grecia se ha creado la Unidad Popular conformada por los diputados que se negaron a votar el rescate y han decidido presentarse a las elecciones del 27 de septiembre. En el Estado español, el grupo dirigente de Podemos apoya a Tsipras, pero las voces desde la oposición no han hecho sino crecer. En Francia Melenchon también ha manifestado que está en contra de la decisión de Tsipras.

Tras “el 4 de agosto griego” se podría ir organizando un movimiento para recomponer el frente contra la austeridad. No estamos hablando, por supuesto, de crear una internacional, sino un movimiento similar a los que, en otras coyunturas históricas se hicieron como el que encabezara el historiador inglés E.P. Thompson contra la carrera nuclear o los movimientos anti-guerra o anti-globalización. Un movimiento que incluyera todos aquellos sectores sociales, organizaciones y partidos que estuvieran dispuestos a enfrentar, de una manera coherente, los planes de la UE y de la Troika.

¿Seremos capaces de atender a estos nuevos desafíos?

28/08/2015

http://vientosur.info/spip.php?article10423

sábado, 29 de agosto de 2015

Grecia: Unidad Popular y la lucha por el “alma de Syriza”



La dimisión de Tsipras y la convocatoria a nuevas elecciones abre una nueva situación política en Grecia. Está decisión del ahora ex Primer Ministro está lejos de deberse a un derrumbe de su imagen y liderazgo político, producto de un impopular acuerdo con el Eurogrupo, como se interpretó apresuradamente a la distancia. Si bien la mayoría de la población se opone al nuevo acuerdo, el pueblo griego ve en Tsipras a alguien que intentó plantar oposición al Eurogrupo y defender los intereses nacionales, dentro de las reducidas posibilidades que dejaba la Troika. Consciente de que todavía mantiene altos niveles de aprobación social, con la convocatoria a elecciones Tsipras busca refundar su gobierno sobre una base completamente promemorandum, evitando darle tiempo para organizarse a la oposición interna en Syriza y antes de que los costos sociales del nuevo acuerdo comiencen a corroer su liderazgo. La decisión, entonces, apunta a sacarse de encima la resistencia que le impone su propio partido y, principalmente, la Plataforma de Izquierda de Syriza, sobre la cual gravita actualmente la oposición al nuevo memorándum.

A diferencia de otras experiencias de cooptación política de formaciones de izquierda, que accedían al gobierno luego de un largo y profundo proceso de burocratización e integración a las redes institucionales y económicas de las clases dominantes (como fue el caso del PT brasilero, por ejemplo), es difícil que Syriza se vuelva, súbitamente, un partido promemorandum. Sus vasos comunicantes con los movimientos sociales y las clases populares son fuertes, así como es significativo el peso de los sectores radicales y anticapitalistas. Esto suscitó, desde incluso antes del acceso al gobierno, un proceso de autonomización del “entorno presidencial” respecto a los órganos y la disciplina partidaria. Todo lo cual estalló ante el test decisivo que constituyó la firma del nuevo memorándum: el acuerdo encontró oposición en el mismo gabinete, entre más de un tercio de los diputados y en la mayoría del Comité Central. Entre las regionales y la militancia de a pie de Syriza, la oposición al nuevo memorándum es casi unánime. Esto abre la puerta a una lucha política decisiva en torno al “alma de Syriza”, de sus estructuras reales, de sus cuadros y militantes. Se explica así que Tsipras convoque a elecciones esperando refundar su Gobierno, y a la misma Syriza, antes que enfrentar un congreso partidario que hubiese planteado una oposición a su giro proausteridad.

Unidad Popular, el ala izquierda de Syriza

En este contexto hay que situar la aparición de una nueva formación política, Unidad Popular, convocada por la Plataforma de Izquierda. Pese a que la capitulación de Tsipras constituye una derrota de largo alcance para las clases populares europeas, la posibilidad de que emerja una fuerza política con peso de masas, que sea heredera de la experiencia organizativa de Syriza y de las lecciones de la experiencia gubernamental de Tsipras (principalmente respecto a la necesidad de estar dispuesto a una ruptura con el Euro), constituye un paso adelante de alcance estratégico. Esta recomposición política acompaña una evolución de la conciencia popular que hay que seguir atentamente: si bien el peso del cansancio y el desánimo es fuerte, por la desmoralización social que suele ser concomitante a la cooptación de líderes populares, también es significativo el aprendizaje de masas en torno a la “jaula de hierro” neoliberal que constituyen la Unión Europea y el Euro. Este proceso social, expresado paradigmáticamente en el 61% del NO en el referéndum, es la tendencia de fondo que permite la constitución de una formación política sobre bases programáticas y estratégicas superiores a las ambigüedades de Syriza. Esta última se mantuvo siempre apegada a la ilusión del “europeísmo de izquierda”, es decir, la pretensión de aplicar un programa anti-austeridad en el marco de la UE y sin romper con el Euro, en base a un compromiso con las autoridades europeas.

El proceso de conformación de Unidad Popular abre la posibilidad para la emergencia de un partido anticapitalista de masas, un instrumento político actualmente inexistente en Europa. Syriza nunca llegó a tal punto: se trató de un partido de “lucha de clases”, conectado con los movimientos sociales, pero con un programa “anti-neoliberal”, hegemonizado por una dirección reformista de izquierda, proveniente del eurocomunismo. La intervención en el enorme proceso popular encabezado por Syriza permite hoy a la Plataforma de Izquierda convertirse en el pivote de un posible partido de masas, reagrupando no solo al grueso de la militancia real de su partido, sino también a sectores en ruptura con el sectarismo del KKE (partido comunista, de tradición estalinista, del tipo “tercer periodo”), de Antarsya (un frente anticapitalista que ha mantenido una política marcadamente sectaria y abstencionista) e incluso sectores provenientes del PASOK.

Tenemos delante apenas unas semanas “calientes”, donde se dirime buena parte de la suerte del próximo periodo político, no solo en Grecia, sino a escala europea. La victoria de Tsipras parece asegurada. Para la izquierda radical griega, que permanece fiel a lucha anti-austeridad, se trata de establecer, en tiempo record, un instrumento político que sea la representación política del NO en el referéndum. Una herramienta organizativa que sea heredera de la experiencia de lucha de Syriza, a la vez que su superación en el terreno programático y estratégico.

28/08/2015

Fuente: http://www.marcha.org.ar/unidad-popular-y-la-lucha-por-el-alma-de-syriza/

miércoles, 26 de agosto de 2015

Tsipras abandona Syriza




Miguel Urbán (Eurodiputado de Podemos) 

En Grecia se sigue escribiendo la historia de Europa. Los acontecimientos se precipitan tras la firma del tercer rescate, que más que un memorándum es el humillante armisticio de una guerra económica en la que el pueblo griego sigue siendo la principal víctima. El presidente de gobierno Tsipras ha decidido convocar elecciones antes de realizar el congreso de Syriza imponiendo el acuerdo con la Troika sin un debate a fondo en las filas de su propio partido, como demuestra la dimisión de Tasos Koronakis, secretario general de Syriza. De esta forma, Tsipras está propiciando de forma indirecta una de las mayores victorias de la Troika: la ruptura del proyecto de Syriza como la principal fuerza anti-austeridad en Europa.

No siempre los nuestros o nuestras aciertan. No siempre tenemos que estar conformes con lo que hagan los amigos. Podemos perder una batalla y tenemos derecho a equivocarnos, pero no podemos claudicar y aceptar la gestión de un programa y unas medidas que sólo pueden perjudicar a nuestro pueblo e imposibilitar a largo plazo la política que defendemos. Como decía Manolo Monereo en un reciente artículo: “para conseguir que el sujeto popular sea no sólo vencido, sino derrotado, es necesario cooptar a sus jefes, a sus dirigentes. Con ello se bloquea la esperanza, se promueve el pesimismo y se demuestra que, al final, todos son iguales, todos tienen un precio y que no hay alternativa a lo existente. La organización planificada de la resignación”. La claudicación de Tsipras puede generar a corto y medio plazo, en cuanto se empiecen a conocer y padecer las consecuencias de lo firmado, la desmoralización no sólo del pueblo griego, al que se le traslada un mensaje que no se puede, sino también un pésimo precedente para cualquier otro pueblo que decidiese desafiar el poder establecido en el marco de esta Unión Europea.

La estrategia de Tsipras se ha demostrado a la postre equivocada e incompleta. Negociar con un monstruo como la Troika no puede abordarse sólo con grandes discursos, grandes propuestas técnicamente realizables y una apelación a una democracia que, en la práctica, es un lenguaje alejado de la tecnocracia autoritaria de los que dirigen esa cosa llamada Unión Europea. Hay una frase de Yanis Varoufakis que resume a la perfección la actitud de la Troika durante las negociaciones: “Su único objetivo era humillarnos”. Se convocaba al gobierno griego a una auténtica prueba de fuerza expresada en términos de economía política. El verdadero objetivo no era llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes sino doblegar a la primera fuerza anti-austeridad que alcanzaba el gobierno en un país europeo. Ante esta situación, una estrategia de diplomacia sólo podía aspirar a modificar comas en condiciones establecidas de antemano.

La sabia consigna de Syriza “ningún sacrificio por el euro” advertía que la prioridad era combatir las políticas de austeridad, y aunque no formase parte del programa la salida del euro, aceptar y responder a las consecuencias de una reacción de la contraparte. Se volvió en contra, como un boomerang, el confundir el europeismo griego con la sumisión al euro. Con un Referéndum como principal arma de negociación, Tsipras dilapidó toda la fuerza democrática de su pueblo, al no materializarla en decisiones y planes concretos. Ejercer la democracia exigía aplicar el mandato de su pueblo, expresado tanto en el programa de emergencia social de la formación -que señalaba a lo que se aspiraba- como en el referéndum -que indicaba lo que no se quería-. El 60% de la población dijo OXI a un memorándum y este mandato tenía que haberse traducido en la movilización práctica de los instrumentos de política económica del Estado, en otras palabras, medidas concretas que se orientasen en esa línea. Sí hubo alternativa, tanto en la estrategia de negociación como en la política económica a seguir: esta es una valiosa lección que nos deja la “tragedia griega”.

Tsipras se ha visto encerrado en un callejón sin salida. Sin más plan que corregir en el papel los planteamientos del Eurogrupo, desconsideró la posibilidad de poner en pie mecanismos de protección del proceso de negociación (moratoria de pago, control de movimiento de capitales, regulación e intervención del sistema bancario). Rechazó apelar a diferentes posibles que hubieran mejorado su posición en la negociación como podría haber sido una posible reestructuración selectiva unilateral de la deuda ilegítima con el apoyo de los resultados de la auditoría. Tampoco quiso hacerse responsable de idear y preparar un plan que mostrase que iba en serio, y que, aunque no fuese su primera opción, mostrase capacidad para gestionar un escenario de desacuerdo (desarrollar una reforma fiscal, emitir pagarés y dinero electrónico mientras se preparaba una nueva política monetaria, poniendo los instrumentos económicos pertinentes para enfrentar un periodo de excepción…). Por úĺtimo, no avisó a su población sobre las opciones, oportunidades y sacrificios de los diferentes escenarios posibles.

Pero no seamos injustos ni desproporcionados. En Syriza había diferentes planteamientos y Tsipras optó por uno, legítimo, pero erróneo y con fatales consecuencias. Tampoco nos equivoquemos en atribuir injustamente las responsabilidades. Los principales responsables son los que están al frente de esta UE y detrás de ellos el propio diseño del Sistema Euro. Tsipras no tiene más responsabilidad (ni menos) que la de un político que encarna una estrategia derrotada.

Diciendo esto, tras la derrota hay que evitar profundizarla y por desgracia parece que Tsipras en vez de cambiar la política de los últimos meses, está profundizando en ella. A este respecto, difícilmente cabe caracterizar de error las nuevas decisiones que parece llevar adelante el dimitido primer ministro. En este sentido la convocatoria de las elecciones antes del congreso de Syriza tiene la motivación clara de propiciar una ruptura en el seno del partido evitando una gestión incómoda del debate democrático en el partido y dificultando las opciones electorales de la oposición interna de Syriza, que se ha expresado desde la firma del tercer rescate y que se ha agrupado en la nueva formación Unidad Popular. Esta operación representa una gestión de los tiempos contranatura en lo que a un curso democrático pleno se refiere y parte de la consciencia de que una secuencia diferente haría más difícil reeditar su dirección al frente de la formación. 

Esa decisión muta la naturaleza de las elecciones, convirtiéndolas en un plebiscito sobre la dignidad de Grecia. Y poca gente votaría en contra de una pregunta formulada así. El pueblo griego, con una cultura patriótica, piensa que se luchó y se hizo lo que se pudo -en tanto que no se ofreció la oportunidad de un debate ni acerca de las consecuencias de un nuevo memorándum ni acerca de una política económica alternativa y sus implicaciones-. Se trasladó el mensaje de que no había alternativa. Una democracia sin deliberación, sin un debate informado, sin unos tiempos y una secuencia decisoria apropiada, deja de ser un debate.
Ahora bien, esa cuestionable decisión no sería ni siquiera tan inaceptable como que Syriza se erigiese en un partido promemorándum. Aún cuando se pueda comprender una derrota, no es admisible gestionar un acuerdo impuesto. Si esto se produce, y todos los indicios nos encaminan a ello, estaríamos ante una operación política que sólo puede acabar en resucitar el PASOK con otro nombre y acabar con Syriza como un muerto viviente.

No se trata tan sólo de que Grecia va a quedar bajo el gobierno de la Troika, con la supervisión periódica de su presupuesto o el pleno control de su política fiscal, no se trata, en suma, de que despatrimonialicen los activos públicos de Grecia, ni siquiera a cambio de un desembolso de un nuevo préstamo de no más de 35.000 millones –en su primera fase- que servirá principalmente para devolver la deuda y rescatar los bancos, sin que eso suponga beneficios para las clases populares griegas. El memorándum supone más de tres décadas de política de recortes en una creciente exigencia de superávits públicos primarios, que en 2018 debieran cumplir el objetivo del 3,5%. Aceptar algo así supone el fin de cualquier atisbo de soberanía popular, la muerte de la democracia en Grecia y un escenario de desmoralización que trasciende las fronteras helenas.

Creemos necesario darle la oportunidad del debate a toda Syriza para actualizar las líneas de una propuesta programática en el nuevo contexto. Creemos que una Syriza unida garantizaría aumentar el respaldo del pueblo griego a una opción favorable a sus intereses, una unidad fundamental en el sistema electoral de aquel país. Consideramos una irresponsabilidad que Tsipras, sin haber respondido al mandato de las anteriores elecciones ni del último referéndum, tampoco desee escuchar a su partido.

En suma, sigue estando vigente el compromiso con aquellos proyectos antiausteridad que dijeron NO al memorándum en el pasado referéndum. Sigue siendo importante proseguir con la unidad de un proyecto político en torno a estos ejes, que se apoye en la organización de las clases populares para su defensa. En definitiva, un proyecto que cierre el paso a aquellos que, con los recortes y la entrega de los recursos y el esfuerzo de los griegos a beneficios espúreos, sirven a las oligarquías griegas y a las grandes corporaciones financieras centroeuropeas, cuyos intereses encarnan los actuales dirigentes de las instituciones europeas. Y por desgracia Tsipras ha decidido escindirse de ese proyecto.


viernes, 21 de agosto de 2015

Grecia: Ruptura en Syriza ¡Nace "Unidad Popular"!


Stathis Kouvelakis

Esta mañana, a primera hora, 25 diputados de Syriza abandonaron el grupo parlamentario del partido para crear una nueva formación bajo el nombre de "Unidad Popular". La mayor parte de estos diputados están afiliados a la Plataforma de Izquierdas, pero se han unido también otros como Vangelis Diamantopoulos o Rachel Makri, una estrecha colaboradora de Zoe Konstantopoulou.

Este es un acontecimiento importante en la política griega, pero también para la izquierda radical en Grecia y a escala internacional.

Se deben subrayar tres elementos:

El primero es que "Unidad Popular" es el nombre de un nuevo frente político que reagrupará a trece organizaciones de la izquierda radical, aquellas que firmaron el texto publicado el 13 de agosto a favor de la constitución de un "Frente por el NO". Este frente es por lo tanto el primer resultado tangible de la recomposición de la izquierda radical de Grecia. Una recomposición que extrae todas las lecciones de los últimos cinco años y, por supuesto, de la experiencia de Syriza en el poder y de la catástrofe en la que ha desembocado.

El segundo es que el papel del frente es perfilarse como la expresión política de ese NO que se dio tanto en las elecciones de enero como en referéndum del 5 de julio. Las principales líneas programáticas son la ruptura con la austeridad y los memorándums, el rechazo de las privatizaciones y la nacionalización bajo control estratégico de sectores de la economía, empezando por el sector bancario, y, de manera más amplia, el cumplimiento de una serie de medidas radicales que moverán la correlación de fuerzas a favor de los trabajadores y de las clases populares y abrirán el camino para la reconstrucción progresista del país, de su economía y de sus instituciones.

Estos objetivos no se pueden llevar a cabo sin salir de la zona euro, como ha demostrado el reciente desastre, y sin romper con las políticas institucionalizadas por la UE. El frente también batallará por una lucha internacionalista, a nivel europeo e internacional, y estará a favor de salir de la OTAN, rompiendo los acuerdos entre Grecia e Israel y oponiéndose de manera radical a las guerras e intervenciones imperialistas.
El tercero es que el nuevo grupo parlamentario es el tercero más grande en el parlamento griego, por delante de Amanecer Dorado, el partido neonazi. Esto significa que en los próximos días su dirigente, Panagiotis Lafazanis, recibirá el mandato para constituir un gobierno, en el plazo de tres días, como estipula la constitución griega. Tras la dimisión del gobierno de Tsipras este mandato queda ahora en manos del segundo partido en el parlamento, Nueva Democracia, el principal partido de la oposición de derechas. Unidad Popular utilizará este margen de tiempo para lanzar un debate amplio y para movilizar a todas las fuerzas sociales que quieran luchar contra la austeridad y los memorándums, tanto contra los anteriores como contra el actual.

El programa del partido y sus apoyos entre las personalidades de la izquierda griega, que se espera que sea bastante impresionante, será hecho público a principios de la semana que viene.

VIENTO SUR

Traducción de Arturo Fernández (https://www.facebook.com/arturo.arturo.zr)

* Stathis Kouvelakis era miembro del Comité Central de Syriza. Sus artículos se han reproducido asiduamente en VIENTO SUR. El último, cuyo contenido gana en valor ante la creación de Unidad Popular ha sido “Algunas lecciones y cómo seguir adelante”, publicado el pasado 6 de agosto:
http://www.vientosur.info/spip.php?article10361